Un recorrido por Black Mirror, Stranger Things y 3 Body Problem para entender cómo Netflix convirtió el sci-fi en un espejo del presente
Por El Ingeniero S
Durante décadas, la ciencia ficción funcionó como una ventana al futuro: naves espaciales, tecnologías imposibles y sociedades que aún no existían. Hoy, en la era del streaming, ese enfoque cambió radicalmente. La ciencia ficción ya no se limita a anticipar lo que vendrá; se dedica a diseccionar lo que somos ahora. Netflix se convirtió en el espacio donde estas historias no prometen futuros lejanos, sino que transmiten episodios incómodamente cercanos a nuestra realidad cotidiana.
Series como Black Mirror, Stranger Things y 3 Body Problem usan la ciencia ficción como herramienta crítica: para hablar de vigilancia, poder, trauma histórico, ética tecnológica y el lugar de la humanidad frente a fuerzas que ya no controla. Esta nueva columna derivada de Código Beta explora cómo el sci-fi en televisión funciona menos como advertencia y más como diagnóstico cultural, episodio a episodio.
Las series esenciales
Black Mirror sigue siendo la obra definitoria del género en streaming. Cada episodio funciona como una fábula autónoma que explora consecuencias distópicas de la tecnología. La trama varía radicalmente: desde un primer ministro chantajeado con un cerdo hasta sistemas de calificación social que determinan tu valor humano, pasando por conciencias digitalizadas y relaciones mediadas por apps de emparejamiento. Esta antología pudiera ser una de las series más perturbadoras en la TV en general.
Las tecnologías que presenta —implantes de memoria que graban todo lo que vives, réplicas digitales de personas fallecidas, chips que bloquean visualmente a otros humanos— suenan extremas pero están inquietantemente cerca. Muchas ya tienen prototipos reales: interfaces cerebro-computadora, deep fakes convincentes, algoritmos de reconocimiento facial. La plausibilidad no está en la tecnología misma, sino en cómo expone nuestra relación enfermiza con ella.
Éticamente, la serie disecciona la vigilancia omnipresente, la gamificación de la existencia, la erosión de la privacidad y la pregunta sobre qué nos hace humanos cuando podemos ser copiados digitalmente. La estética es deliberadamente pulida y cotidiana: estos horrores ocurren en oficinas modernas, hogares elegantes, apps con diseño minimalista. Esa normalidad es precisamente lo terrorífico. La fotografía fría y la música electrónica ambiental crean incomodidad constante.
Desde Latinoamérica, estas historias resonarían diferente. Nuestras sociedades ya experimentan vigilancia estatal intensa, desigualdad digital brutal y tecnologías implementadas sin regulación ética. Una versión latina exploraría cómo estas tecnologías amplificarían estructuras coloniales existentes, clasismo tecnológico donde solo las élites acceden a “mejoras”, y resistencias comunitarias frente al control algorítmico.
Stranger Things mezcla nostalgia ochentera con terror sci-fi. Un grupo de niños en Indiana descubre portales a otra dimensión (el Upside Down) y enfrentan experimentos gubernamentales, criaturas interdimensionales y una niña con poderes telequinéticos llamada Eleven. La trama se expande cada temporada revelando conspiraciones más profundas del gobierno estadounidense.
Las tecnologías son más fantásticas: puertas dimensionales, poderes psíquicos experimentales, monstruos biológicos de otra realidad. La plausibilidad científica importa menos que la coherencia interna. Funciona como fantasía oscura disfrazada de ciencia ficción. Los temas éticos giran alrededor de experimentos humanos sin consentimiento, especialmente en niños, y las consecuencias de la paranoia de la Guerra Fría donde el gobierno sacrifica civiles por supuesta seguridad nacional.
Estéticamente es una carta de amor al cine ochentero: referencias constantes a S. Spielberg y J. Carpenter. La paleta de colores saturados, las luces de neón, el sintetizador en la banda sonora de Kyle Dixon y Michael Stein, todo evoca esa década con precisión obsesiva. Hawkins, Indiana, se siente como cualquier pueblo estadounidense olvidado.
¿Y si esto ocurriera en América Latina? Imagina experimentos de la dictadura militar en niños con habilidades, portales abiertos en la selva amazónica o en ruinas precolombinas, gobiernos locales encubriendo desapariciones. La paranoia no sería contra soviéticos sino contra imperialismo estadounidense real. Los lazos comunitarios y familiares —más fuertes en nuestras culturas— serían el centro emocional, no solo la amistad adolescente.
Stranger Things concluyó recientemente tras cinco temporadas de gran éxito para la plataforma. Esta serie representa una buena oportunidad para los espectadores noveles en el género de ciencia ficción ya que no presenta tecnología avanzada ni naves espaciales futuristas. La nostalgia, en este caso, funciona como una anestesia cultural: nos hace sentir que seguimos siendo niños curiosos frente al televisor, sabiendo que mirar hacia atrás es más cómodo que enfrentar lo que viene.
3 Body Problem (adaptación de la trilogía china de Liu Cixin) comienza con científicos suicidándose misteriosamente. Una física descubre qué civilización alienígena de Alpha Centauri viaja hacia la Tierra, tomará 400 años en llegar, y están saboteando nuestro progreso científico con partículas subatómicas inteligentes llamadas “sophons” que interfieren con experimentos.
La ciencia es ambiciosa y relativamente rigurosa: física de partículas, nanotecnología, comunicación interestelar, el problema de los tres cuerpos gravitacionales (de ahí el título). Liu Cixin toma conceptos reales y los extrapola dramáticamente. Los sophons son ficción especulativa, pero el resto tiene bases teóricas sólidas. La escala temporal (siglos) y las distancias cósmicas están respetadas, algo inusual en ciencia ficción mainstream.
Éticamente aborda el contacto alienígena desde ángulos inesperados: ¿deberíamos revelar nuestra ubicación al cosmos? ¿Qué grupos humanos podrían traicionar a la especie? ¿Cómo nos unificamos frente a la amenaza existencial? Explora el nihilismo científico, el trauma histórico (la Revolución Cultural china está al centro) y la paradoja de Fermi (¿dónde están los extraterrestres?). También cuestiona si la humanidad merece sobrevivir dado nuestro historial de violencia.
La producción es cara (20 millones de dólares por episodio) y espectacular: efectos visuales de primer nivel, especialmente las secuencias del mundo virtual trisolariano y las partículas sophon. La estética mezcla laboratorios científicos contemporáneos con paisajes alienígenas surrealistas. Netflix globalizó la historia (en los libros los protagonistas son chinos) añadiendo diversidad internacional, decisión controversial para algunos fans.
Desde Latinoamérica, esta narrativa resuena con nuestra experiencia de ser considerados periféricos en conversaciones globales. ¿Tendríamos científicos latinos en proyectos de defensa planetaria o seríamos, como siempre, espectadores de decisiones que nos afectan? ¿Qué saberes indígenas sobre tiempo, cosmos y comunidad aportaríamos a una crisis civilizatoria? El trauma de colonización y dictaduras nos daría perspectiva única sobre cómo el pasado moldea respuestas colectivas al futuro.
Netflix anunció la segunda temporada a estrenarse en breve, que en lo personal espero sea pronto, ya que siendo fan de la ciencia ficción dura, es decir, aquella que se basa mayormente en argumentos basados en la ciencia del mundo real (no recurre a tecnologías fantásticas) lo que la hace presentar historias con un reto complejo, pero con exploración moral. 3 Body Problem es una serie entretenida y provocadora intelectualmente.
Este artículo continuará en una segunda parte para comentar otras dos grandes series de la plataforma de Netflix y algunas más originadas en Latinoamérica.
