Camp, deseo y espectáculo en la consagración del Divo de Juárez
Fotograma de la docuserie Juan Gabriel: Debo, puedo y quiero (María José Cuevas, 2025). “Soy espectáculo y lo sé”.
El 7 de enero Juan Gabriel habría cumplido 76 años. A casi una década de su muerte, su figura sigue convocando emociones, memorias y multitudes. Esta columna de Crítico a Domicilio es un tributo a su legado.
Por Chava Chávez - Crítico a Domicilio
“Nada ha sido fácil para Juan Gabriel, solo el éxito”
Carlos Monsiváis
Había una vez en Ciudad Juárez, frontera con Estados Unidos, un adolescente solitario que había tenido una infancia marcada por la carencia y la soledad. Se llamaba Alberto Aguilera Valadez, oriundo de Parácuaro, Michoacán, nacido en 1950. Vivía para componer canciones y las cantaba en un célebre bar llamado Noa-Noa. Decidido a triunfar, emprendió el viaje a la capital azteca, donde padeció privaciones de todo tipo, incluso llegar a Lecumberri, el temido “palacio negro”, la célebre cárcel hoy Archivo General de la Nación. Como en todos los cuentos, aparece un hada madrina: para Juan Gabriel fue Enriqueta Jiménez, La Prieta Linda, que grabó algunas de sus canciones y lo presentó a las disqueras. En 1971 debutó oficialmente, y una de sus primeras canciones empezó a sonar fuerte: “No tengo dinero, ni nada que dar. / Lo único que tengo es amor para amar. /Si así tú me quieres, te puedo querer/ pero si no puedes, ni modo qué hacer”.
Así nacía uno de los compositores e ídolos más queridos de México en el siglo XX. Con una obra que abarca baladas, rancheras, pop latino y boleros, Juan Gabriel ingresa al canon de oro de la música mexicana junto a Consuelo Velázquez, Agustín Lara, José Alfredo Jiménez y Armando Manzanero. Está en todas partes: televisión (incluido el mítico Siempre en domingo), auditorios, palenques, estaciones de radio y colecciones discográficas. Su apoteosis llegó en 1990 con el concierto en el Palacio de Bellas Artes, en la Ciudad de México, a los cuarenta años. Juan Gabriel no solo es considerado uno de los mayores artistas de México sino de toda América Latina. En Estados Unidos también alcanzaría un estatus de ídolo, especialmente para la comunidad latina. El cantautor, precisamente, muere en Santa Mónica, California, en 2016.
Recomiendo a nuestros argonautas la docuserie “Juan Gabriel: Debo, puedo y quiero”, estrenada en Netflix el 30 de octubre de 2025, de cuatro episodios, donde se aborda la vida del cantautor desde su infancia hasta su muerte. El relato se construye a partir de material de archivo —videos, audios, fotografías y películas domésticas que el propio Juan Gabriel fue acumulando a lo largo de su vida— casi todo inédito, acompañado de entrevistas con familiares, amigos, músicos y colaboradores.
La directora es María José Cuevas (México, 1972), conocida por Bellas de Noche (2016), donde retrata a cinco famosas vedettes de la vida nocturna mexicana de los años setenta y ochenta: Olga Breeskin, Lyn May, Rossy Mendoza, Wanda Seux y Princesa Yamal. Cuevas rescata un mundo desaparecido —el cabaret— y explora el ascenso, el esplendor y la decadencia de estas figuras. Volveré a este documental porque ofrece una clave de lectura interesante para la docuserie de Juan Gabriel.
La escritora y ensayista Susan Sontag (Estados Unidos, 1933-2004) en su célebre Notes on Camp (1964), define lo camp como un amor excesivo por lo exagerado, por el artificio, por la teatralidad. “Soy espectáculo y lo sé”, parece decir el camp. Y eso podría decirlo también Juan Gabriel. El Divo de Juárez es camp puro: canta, dramatiza, actúa, llora, teatraliza. La mano levantada, el giro de muñeca, el brinquito, el micrófono apuntado al público, la cintura suelta, los movimientos provocativos y cachondos: todo es puesta en escena. Cuevas lo muestra así, intercalando insertos que revelan la fuerza estética de su performance.
Pero no podemos olvidar la dimensión queer del camp. Aunque Juan Gabriel nunca habló públicamente de su sexualidad —salvo aquella icónica respuesta a Fernando del Rincón, “Dicen que lo que se ve no se pregunta, mijo”—, su estética es una codificación de lo queer: sus brillos, lentejuelas, chalecos bordados, sus movimientos feminizados. En un país profundamente machista y homofóbico, Juanga logró desarmar la violencia simbólica y unir a públicos que, durante dos o tres horas, olvidaban sus prejuicios para cantar, emocionarse y llorar con él. Los vemos estallar con canciones como esta: ¡yooo noooo naacííí paaaraaa aaamaaar!... o como esta: ¡Queeeridaaa!… Todos unidos en la necesidad de sentirnos como pueblo… ¡caray!...
Volvamos ahora a Bellas de Noche. Allí vemos a las vedettes enfrentarse al paso implacable del tiempo que, como dice Juan Gabriel, “ese no se detiene”. Algo similar ocurre en la docuserie. Al final, vemos al cantante ya cansado en el escenario, aunque sigue entregando cuerpo y alma a sus 66 años. No podemos sino sentir pena al ver al ídolo con respiración pesada, entrecortada, luchando contra su propio cuerpo para sostener la melodía. Es un Juan Gabriel crepuscular que ya no puede encarnar al personaje camp de sus mejores años. Y sorprende enterarse de sus problemas cardíacos y de que decidió no operarse, pese a que ello habría prolongado su vida. Simplemente dijo: “hasta aquí”. Para mí esa fue la parte que me hizo sentir incómodo: asistir al doloroso espectáculo de la decadencia física de un Juan Gabriel que seguía dándolo todo en el escenario.
Con todo, ese gesto final me parece un acto de generosidad, no de vanidad. Una última ofrenda del ídolo a su pueblo. El 9 de noviembre de 2025, en el Zócalo de la Ciudad de México, se proyectó el histórico concierto de Bellas Artes de 1990 y escenas de la docuserie.
A casi diez años de su muerte, Juan Gabriel sigue llenando la mayor plaza del país porque continúa uniendo a México: el de todas las clases sociales, el que canta al unísono, el que baila al conjuro del espíritu inmortal del Divo de Juárez.
Amor eterno e inolvidable.
