Entre fidelidad y cautela política, la versión mexicana del filme de Ariel Winograd apuesta por el entretenimiento y deja intactas las preguntas incómodas del presente
Por Chava Chávez - Crítico a Domicilio
En diciembre del 2025 se estrenó en Netflix La hora de los valientes, cinta dirigida por Ariel Winograd, con Luis Gerardo Méndez y Memo Villegas en los papeles estelares. Se trata de un remake de la cinta argentina Tiempo de valientes (2005), escrita y dirigida por Damián Szifron, una película que la propia plataforma rescató y mantuvo durante varios años en su catálogo. Este dato no es menor y obliga a pensar el remake no como un simple ejercicio de repetición, sino como una operación más compleja de circulación, archivo y actualización del cine de género en la era del streaming
Damián Szifron es responsable de una de las películas más exitosas del cine argentino contemporáneo: Relatos salvajes (2014), comedia satírica que llevó a las salas a casi cuatro millones de espectadores. En Tiempo de valientes, sin alcanzar esas cifras, el director demuestra ya un dominio notable del cine de géneros populares, en particular de la buddy movie, subgénero que asociamos con el cine estadounidense. En este tipo de películas se da una relación entre dos personajes opuestos que, obligados por las circunstancias, deben colaborar para alcanzar un objetivo común. Las fricciones entre ambos suelen generar tanto situaciones cómicas como momentos de tensión. Un referente inevitable es Lethal Weapon (1987), con la inolvidable dupla de Mel Gibson y Danny Glover.
En la versión argentina, los protagonistas son un psicoanalista y un policía. Mariano Silverstein (Diego Peretti), psicólogo condenado por un accidente automovilístico, obtiene la libertad condicional bajo una condición singular: deberá acompañar a Alfredo Díaz (Luis Luque), inspector de la Policía Federal hundido en una depresión tras descubrir la infidelidad de su esposa. A partir de ahí, ambos se ven involucrados en la investigación del asesinato de dos empleados del ejército, lo que los conduce, casi a su pesar, a enfrentarse a una red de corrupción enquistada en el Estado.
La química entre Peretti y Luque resulta fundamental para que esta relación improbable funcione. A lo largo del relato, los personajes descubren el valor de la amistad y la camaradería, pero, sobre todo, aprenden el sentido profundo de la valentía: la capacidad de confrontar a quienes, desde las más altas esferas del poder, utilizan las instituciones de seguridad nacional para hacer cuantiosos negocios.
Más allá de su eficacia como comedia policial, Tiempo de valientes articula una crítica a las instituciones argentinas de comienzos del siglo XXI. La corrupción aparece no como una anomalía individual, sino como un mecanismo estructural. En ese contexto, la figura del psicoanalista adquiere un peso simbólico particular: es el civil, el sujeto aparentemente ajeno al poder, que termina encarnando una conciencia ética mínima. La valentía no proviene del uniforme ni de la jerarquía, sino de la decisión de un ciudadano común y corriente dispuesto a hacer lo que es correcto. No es casual que Szifron recurra incluso a guiños del spaghetti western de Sergio Leone, subrayando con la música ciertos gestos heroicos en un mundo donde casi nadie cumple con su deber.
La hora de los valientes retoma esta estructura casi sin alteraciones. Se conservan los nombres de los personajes, las situaciones clave y buena parte de los diálogos. Luis Gerardo Méndez, actor ya consagrado por Nosotros, los Nobles (2013) y la serie Club de cuervos (2015-2019), interpreta al psicoanalista obligado a acompañar a un policía devastado por la traición conyugal, encarnado por Memo Villegas, actor conocido por su trabajo en Narcos: México (2018), La bandida (2019) y Harina (2022). Como se recordará, Memo Villegas se hizo famoso principalmente por el sketch del “teniente Harina” que se viralizó en 2019. Ambos actores cumplen con solvencia; sin embargo, el acento adoptado por Méndez no termina de asentarse. No es plenamente ‘chilango’ ni remite con claridad a otra región del país, lo que introduce una leve pero persistente distancia. Más que una propuesta de personaje, este tono híbrido termina siendo un elemento que distrae al espectador de la narrativa. Tal vez el actor intentó una operación similar a la que Cecilia Suárez realizó con Paulina de la Mora en La casa de las flores, pero aquí el experimento no alcanza la misma eficacia. Quien interpreta a Diana (la esposa del psicoanalista) es Gabriela Iscovich en Argentina y, en México, Verónica Bravo. Las dos interpretan en forma excelente su papel que, aunque secundario, es muy importante para el desarrollo de la trama.
Ahora bien, criticar a la película por su fidelidad al original sería un argumento fácil y, en el fondo, injusto. Todo remake o refrito implica una deuda con su modelo. El problema no es la repetición de la anécdota, sino la ausencia de una relectura del nuevo contexto histórico. En Tiempo de valientes, la corrupción remite a un estado argentino todavía marcada por la herencia de la dictadura, la desconfianza hacia las fuerzas armadas y la crisis institucional de principios de siglo.
La corrupción, la violencia y la impunidad operan hoy en México con una lógica distinta a la Argentina de principios de los 2000. Aquí, el policía no es solo una figura trágica, sino un personaje cargado de sospecha, precariedad y riesgo permanente. Quizás su mayor preocupación no sea la de la convertirse en un cornudo, sino en regresar vivo a su casa. Con relación al psicoanalista, sabemos que es una figura central en Argentina, pero no en México, donde el psicoanálisis no ocupa el mismo espacio social. La Ciudad de México, por su parte, no es únicamente un escenario vibrante (con las locaciones que van desde Xochimilco hasta Tepito, pasando por Santa Fe), sino un espacio atravesado por desigualdades profundas y por una desconfianza estructural hacia las instituciones.
La película opta, sin embargo, por una corrupción abstracta, fácilmente reconocible y, por ello mismo, despolitizada. Ariel Winograd, cineasta argentino con amplia experiencia en producciones mexicanas (Tod@s caen, ¿Y cómo es él?, Una pequeña confusión), sigue de manera casi literal el guion de Szifron, quizá para no correr riesgos en un ecosistema como el de Netflix, donde la circulación global privilegia relatos sin demasiadas fricciones locales. La coexistencia en la plataforma de ambas versiones no invalida esta lectura: Netflix no borra el pasado incómodo; lo archiva. Pero cuando produce nuevas versiones, tiende a privilegiar historias capaces de circular con fluidez entre distintos mercados.
Ahí reside la principal limitación de La hora de los valientes. Mientras la versión argentina dialogaba con una crisis concreta de las instituciones estatales, la mexicana se conforma con una crítica genérica, eficaz como entretenimiento, pero cautelosa en términos políticos. Es decir, mostrar quizá la complicidad entre las fuerzas del orden y el crimen organizado habría anclado la historia en el contexto mexicano de hoy en día con mayor pertinencia. Por el contrario, la película mexicana presenta una corrupción abstracta, intercambiable, que podría ocurrir en cualquier país.
Para este crítico a domicilio, la experiencia más estimulante sigue siendo la del filme original. Para quienes no hayan visto Tiempo de valientes, la nueva versión de Ariel Winograd funcionará como entretenimiento, insisto. Queda, no obstante, la sensación de que, en tiempos que exigen miradas más incisivas, la verdadera valentía del remake consistiría menos en repetir una historia probada que en atreverse a interrogar el presente en el que se inscribe.
