Por qué la ciencia ficción en streaming refleja la distopía que ya vive Latinoamérica

En esta segunda parte continuamos la revisión del catálogo de ciencia ficción de Netflix, un territorio donde la especulación tecnológica funciona menos como fantasía y más como espejo incómodo de nuestra vida cotidiana


Dark es la serie alemana más compleja narrativamente en Netflix. En el pueblo de Winden, niños desaparecen conectados a una cueva que funciona como portal temporal. Cuatro familias están entrelazadas en bucles causales que abarcan tres siglos, donde viajeros del futuro manipulan el pasado intentando evitar un apocalipsis nuclear. Cada acción para prevenir el desastre lo causa o lo garantiza.

La tecnología temporal parte de agujeros de gusano teóricos pero construye mecánica de viaje en el tiempo extremadamente consistente. Sigue reglas estrictas: bucles cerrados, paradojas bootstrap donde eventos no tienen origen claro, y finalmente universos paralelos. Es la serie más rigurosa lógicamente en este subgénero. Las máquinas de tiempo parecen artesanales, retrofuturistas, construidas con tecnología de diferentes eras.


Los temas son filosóficos: determinismo versus libre albedrío, la imposibilidad de escapar del pasado familiar, cómo secretos transgeneracionales envenenan comunidades, y si podemos cambiar nuestro destino o estamos atrapados en ciclos. La identidad se fragmenta cuando los personajes encuentran versiones de sí mismos de otras épocas. La tragedia griega permea todo: intentar escapar del destino garantiza cumplirlo.


Estéticamente es sombría, lluviosa, claustrofóbica. Winden parece eternamente otoñal, bosques densos y arquitectura alemana opresiva. La fotografía en tonos desaturados refuerza lo inexorable. La banda sonora utiliza música atmosférica y canciones de distintas décadas que comentan irónicamente la acción. La complejidad narrativa exige atención total, con diagramas familiares casi necesarios para seguirla.


Una versión latinoamericana sería fascinante: imagina bucles temporales en haciendas coloniales donde presente, conquista y futuro coexisten; ciclos de violencia política que literalmente se repiten; saberes ancestrales sobre tiempo no-lineal validados científicamente. Nuestras culturas tienen concepciones temporales cíclicas (como el tiempo maya o andino) que encajarían orgánicamente en estas narrativas de eterno retorno.

Dark, Netflix

Dark mantiene su relevancia como una de las excelentes series de cualquier plataforma. Es, quizá, la mejor de todas con temática de viajes en el tiempo. En sus tres temporadas no perdió su premisa: asegurar que los aspectos del viaje en el tiempo no oscureciera el drama humano de la trama. Una serie perfecta.


Altered Carbon

La serie ocurre siglos en el futuro (dentro de 360 años) donde la conciencia se digitaliza en “stacks” implantados en la base del cráneo, permitiendo transferencia entre cuerpos (“sleeves”). La muerte física es un inconveniente temporal si puedes pagar un cuerpo nuevo. Takeshi Kovacs, ex-soldado élite, es revivido para resolver asesinato de magnate inmortal en Bay City (San Francisco futurista).

Las tecnologías son transhumanistas extremas: inmortalidad digital, clonación corporal, realidad virtual indistinguible de física, modificaciones biológicas radicales, inteligencia artificial con derechos cuestionados. La plausibilidad está en el concepto (si la mente es información, podría copiarse), pero obviamente estamos décadas o siglos de lograrlo. La serie explora consecuencias sociales más que viabilidad técnica.


Éticamente disecciona una desigualdad brutal: los “Meths” viven siglos en torres-castillos, mientras las masas reciclan cuerpos de prisión baratos o esperan décadas por una nueva funda o sleeve. Cuando la muerte no existe para ricos pero los pobres mueren permanentemente por falta de respaldos, el capitalismo se vuelve feudalismo inmortal. Explora la identidad al margen del cuerpo, tráfico de cuerpos, turismo sexual extremo, y qué significa el yo, sí puedes cambiar completamente de forma.

La estética es cyberpunk clásico elevado: megalópolis vertical con niveles que marcan clase social, neón y hologramas omnipresentes, lluvia constante, mezcla de culturas en megaciudad globalizada. La violencia es gráfica y estilizada, los efectos especiales costosos. Visualmente recuerda Blade Runner pero más saturado y excesivo. La serie abraza el noir: detective cínico, femme fatales, corrupción hasta la médula.


Desde Latinoamérica, esta distopía ya nos es familiar sin necesidad de tecnología futurista: tenemos élites que acumulan generaciones de riqueza mientras mayorías luchan por sobrevivir, cuerpos considerados descartables (feminicidios, desaparecidos, migrantes), y sistemas de justicia que funcionan diferente según tu clase. Una versión latina haría explícito que esta tecnología profundizaría colonialismos existentes: cuerpos de países pobres comercializados para conciencias de ricos globales, una nueva forma de extracción donde exportamos lo único que tenemos —nosotros mismos.

Netflix canceló la serie después de dos sólidas temporadas, sobre todo la primera, quizá por los elevados costos de producción post-pandemia.


La ausencia latina


¿Y qué pasa con nosotros, desde América Latina? Seguimos siendo consumidores del miedo ajeno, no narradores del propio. La ciencia ficción que vemos refleja los temores de Silicon Valley, no los de Bogotá, Lima o Ciudad de México. La realidad incómoda es que la ciencia ficción latinoamericana en streaming global es prácticamente inexistente. No por falta de talento —autores como Jorge Luis Borges, Angélica Gorodischer, Alberto Chimal y Silvia Moreno-García demuestran tradición rica— sino por estructuras de producción que concentran ciencia ficción en Estados Unidos, Reino Unido y recientemente Asia. Las historias existentes generalmente tratan ciencia ficción como novedad exótica o la diluyen con elementos de “realismo mágico” que, aunque válidos, pueden encasillar. 

Frontera Verde es una producción colombiana de relativo éxito, presenta un enfoque fresco a temas ambientales y existenciales, basándose en un misterio criminal con elementos sobrenaturales (quizá excesivos). Frontera Verde muestra una cinematografía hermosa de la selva amazónica con una producción de alta calidad. La propuesta es original y será bien recibida por quienes buscan contenido de autor y misterio profundo.

Frontera Verde, Netflix

3 Body Problem es un intento brasileño notable: distopía donde 97% vive en pobreza mientras 3% aprobados en proceso de selección brutal acceden a utopía tecnológica insular. Explora desigualdad extrema, meritocracia como justificación de injusticia, y resistencia revolucionaria. Visualmente modesta comparada con producciones anglosajonas, pero conceptualmente afilada. Su cancelación tras cuatro temporadas sugiere que Netflix no invierte en ciencia ficción latina como en otras regiones.

Nuestros Tiempos si bien no es una serie, es una película mexicana que narra la historia de una pareja de científicos que viajan accidentalmente de 1966 al año 2025, enfrentando la evolución social que encuentran y los desafíos de su relación. Ella se adapta rápidamente a la modernidad y disfruta el empoderamiento femenino, mientras que él lucha por asimilar el futuro. Esta película se considera de romance de sci-fi superficial con una premisa original para el cine mexicano, aunque carece de profundidad en los elementos de ciencia ficción.

Lucero y Benny Ibarra en Nuestros Tiempos, Netflix

El Eternauta de Argentina representa una sorpresa en el catálogo de Netflix pues se considera entre las mejores series de ciencia ficción de 2025 (de todas las plataformas). Basada en una novela gráfica de Héctor G. Oesterheld, la serie nos presenta una invasión alienígena con temas de comunidad y supervivencia ambientada en la actual Buenos Aires. Esta serie aseguró una segunda temporada donde seguramente veremos profundizar la temática que plantea Oesterheld (por ejemplo, la naturaleza del tiempo). ¿La aceptación global de esta serie podría influir la decisión de Netflix de apostar más por historias de nuestra región? Pronto lo sabremos. Nuestro Crítico a Domicilio hace una espléndida crítica de la primera temporada de El Eternauta.

Ricardo Darín, El Eternauta, Netflix

Reflexión final

La ciencia ficción en streaming democratizó acceso pero no necesariamente producción. Las series dominantes reflejan ansiedades del Norte Global: vigilancia digital, transhumanismo, contacto alienígena, colapso climático visto desde quienes más contribuyeron a provocarlo.


Desde Latinoamérica, estas narrativas resuenan distinto. Ya vivimos distopías que ellos imaginan: Estados vigilantes sin rendición de cuentas, desigualdad grotesca naturalizada, cuerpos tratados como recursos extraíbles, tecnologías implementadas sin consulta democrática. No necesitamos imaginar futuros donde corporaciones controlan gobiernos —ya ocurre. No necesitamos especular sobre el apartheid tecnológico —lo vivimos.


Por eso la ciencia ficción latina no sería escapismo sino reconocimiento. Sería nombrar que el futuro distópico ya llegó para muchos, y que nuestras estrategias de supervivencia, resistencia comunitaria y creatividad ante escasez son precisamente lo que podría salvarnos colectivamente. Las mejores historias de ciencia ficción no predicen el futuro, revelan el presente disfrazado. Y nuestro presente latinoamericano es material de la mejor ciencia ficción —solo necesitamos contarla nosotros mismos.​​​​​​​​​​​​​​​​

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