Crítico a domicilio repasa tres películas clave de Marilyn Monroe — Niágara, Los caballeros las prefieren rubias y Vidas rebeldes — para desmontar el mito y revelar a la actriz real.
“Puedo ser inteligente cuando hace falta, pero a la mayoría de los hombres no les gusta”.
Lorelei Lee
El próximo 1 de junio se cumplirán 100 años del nacimiento de Marilyn Monroe, actriz, modelo y, ante todo, el mito definitivo del siglo XX. Escribo estas líneas desde Los Ángeles, su ciudad natal, donde en 1926 comenzó la historia de Norma Jeane, una niña que transitó por casas de crianza y orfanatos antes de reinventarse frente al mundo. Lo que inició como una exitosa carrera de modelo la llevó al cine, transformándola en un símbolo sexual cuya luz todavía nos alcanza. Murió en 1962, a los 36 años, por una sobredosis de barbitúricos, aunque persisten teorías que apuntan a un posible homicidio.
Su crítico a domicilio, para conmemorar el centenario de esta figura legendaria, se propone escribir una serie de tres artículos que comenzarán a publicarse a partir de hoy y continuarán el primer miércoles de mayo y junio. No se trata aquí de trazar una biografía exhaustiva, sino de ofrecer algunos apuntes sobre sus películas más importantes, con el fin de esbozar una mínima crónica de su estrellato. Sobre todo, aspiro a motivar a nuestros argonautas a ver sus películas, pues, según creo, esta sigue siendo la mejor manera de honrar a las grandes figuras del cine.
En esta primera entrega, hablaré brevemente de tres películas que ilustran con claridad la construcción de la persona cinematográfica de Marilyn Monroe: Niagara, donde irrumpe como femme fatale en el marco del film noir; Gentlemen Prefer Blondes (Los caballeros las prefieren rubias), cinta que nos revela a una gran comediante bajo la máscara de la “rubia tonta”; y The Misfits (Vidas rebeldes), donde su figura se desplaza hacia el drama. Las dos primeras pertenecen a un año clave, 1953, cuando su carrera despega definitivamente; la tercera, de 1961, es la última película completa que realizó antes de su muerte. En conjunto, estas obras trazan un arco revelador de su trabajo histriónico y de su transformación como estrella.
NIAGARA
Niagara es la película que la lanza al estrellato en 1953, cuando Marilyn tenía 27 años. Antes había participado en varias producciones con papeles menores. De estas primeras apariciones, las más importantes son All About Eve (Eva al desnudo, Joseph L. Mankiewicz, 1950), donde interpreta a Claudia Casswell, una joven aspirante a actriz, y The Asphalt Jungle (La jungla de asfalto, John Huston, 1950), donde da vida a Angela Phinlay, la amante de un abogado corrupto. Se trata de papeles secundarios, pero su presencia en pantalla ya comenzaba a captar la atención del público, lo que resultaría decisivo para el despegue de su carrera.
En Niagara, cinta dirigida por Henry Hathaway, Marilyn interpreta a Rose Loomis, una mujer bella y sensual que planea asesinar a su esposo, George (Joseph Cotten), para huir con su amante. Se trata de una figura clásica del cine negro: la femme fatale que atrae a los hombres con su belleza para luego destruirlos. En una de las secuencias más recordadas, vestida con un ajustado vestido de seda color rojo, Rose pide en una fiesta que toquen “Kiss” —la única canción, según ella—. Todos observan cómo esta figura se recrea en el aura de su propia sensualidad mientras canta: “Bésame… tómame en tus brazos y haz que mi vida sea perfecta…”. Marilyn encarna aquí una fantasía masculina, pero también algo más inquietante: una fuerza que desborda el control de quienes la miran, como si su presencia estuviera en sintonía con las fuerzas titánicas de las cataratas, cuyo estruendo atraviesa toda la película.
Rose Loomis se dispone a cantar “Kiss” (Niagara, Henry Hathaway, 1953).
Además, Niagara fija uno de los gestos más reconocibles de Marilyn: su caminar. En una toma ya célebre, la vemos alejarse sobre unos adoquines, con tacones incómodos, mientras su cuerpo se balancea con un ritmo particular —un “tumbao”, diríamos evocando a Celia Cruz— que combina sensualidad e inocencia. Lo cierto es que Monroe no estaba destinada a permanecer en el cine negro. Su verdadera consolidación vendría con una reinvención del estereotipo de la “rubia tonta”, que alcanzará su forma más acabada en Gentlemen Prefer Blondes, donde brillará como comediante en el papel de una cazafortunas. Es decir, este filme vendrá a corroborar el talento de Marilyn para la comedia.
GENTLEMEN PREFER BLONDES
Si en Niagara Marilyn Monroe aparece como una fuerza inquietante dentro del universo del cine negro, en Gentlemen Prefer Blondes (Howard Hawks, 1953) esa misma energía se desplaza hacia un terreno distinto: el de la comedia musical. Aquí ya no estamos ante la amenaza de la femme fatale, sino frente a una figura que parece ingenua, pero que en realidad domina con precisión el juego del deseo. Marilyn interpreta a Lorelei Lee, una cantante y bailarina que viaja a París acompañada de su amiga Dorothy Shaw (Jane Russell). Bajo una superficie aparentemente banal, la película articula una idea mucho más compleja. Lorelei entiende perfectamente las reglas del juego social en el que se mueve; su aparente ingenuidad es, en realidad, una forma de cálculo: sabe cuándo seducir y, sobre todo, cómo convertir el deseo masculino en una ventaja concreta. La frase más famosa de Marilyn como Lorelei es: “Puedo ser inteligente cuando hace falta, pero a la mayoría de los hombres no les gusta”.
Quizás la secuencia más importante de la película sea el célebre número musical “Diamonds Are a Girl’s Best Friend”, donde Marilyn, envuelta en un universo de lujo y artificio y haciendo gala de una sensualidad desbordante, escenifica una ética del deseo mediada por el estatus y la seguridad material. Resulta curioso que Susan Sontag, en sus célebres “Notas sobre lo camp” (1964), no mencione a Marilyn Monroe. Tal vez la razón sea que este número no participa del camp ingenuo, sino de una forma más moderna y consciente del artificio. Lejos de ser una figura pasiva, Lorelei Lee domina el estereotipo que la define y lo convierte en una forma de poder. Estudios visuales sobre su técnica, como los realizados por Lucy Fischer, analizan sus gestos, posturas y modulaciones de voz para demostrar que la actriz tenía un control performativo mucho mayor del que suele reconocérsele, desmontando definitivamente el prejuicio de la “rubia tonta”.
Invito a nuestros argonautas a ver la secuencia.
THE MISFITS
En The Misfits (Vidas rebeldes, 1961), cinta dirigida por John Huston y escrita por Arthur Miller, los papeles estelares están a cargo de Clark Gable, Montgomery Clift, Eli Wallach y, desde luego, Marilyn Monroe. Ella da vida a Roslyn Taber, una mujer vulnerable que se encuentra con un grupo de hombres dedicados a capturar caballos salvajes en el desierto de Nevada. Miller concibió una historia donde se yuxtaponen personajes marcados por una dureza emocional con Roslyn, que intenta salvar a los animales de una muerte segura. Es sabido que el rodaje fue extenuante; la actriz estaba ya muy afectada por los medicamentos que tomaba para su crónico insomnio y su aguda depresión. No en balde, Gable le dice en uno de los diálogos: “Eres la mujer más triste que yo he visto jamás”.
Marilyn Monroe en The Misfits (John Huston, 1961), la que sería su última película.
En efecto, Marilyn nos ofrece aquí una actuación crepuscular, muy apartada de la máscara que había construido en sus comedias. The Misfits marca un desplazamiento claro hacia el terreno del drama. No es casual que esta haya sido su última película completa. Si en Niagara su cuerpo aparecía como una fuerza de la naturaleza y en Gentlemen Prefer Blondes como una estrategia performativa, aquí ese mismo cuerpo se presenta, finalmente, como un lugar de desgaste. Esta dimensión dramática establece, inevitablemente, un paralelo con su propia vida, que se aproximaba a un final aciago.
Volver hoy a estas películas no implica únicamente rendir homenaje a una figura del pasado, sino repensar el lugar que ocupan las estrellas en nuestra cultura. Marilyn Monroe no fue solo un icono de belleza o un objeto de deseo; fue una construcción compleja en la que colisionaron el poder, la genialidad actoral y una gran inseguridad propia. Más allá del mundo de oropel y glamour, fue una mujer atravesada por la ansiedad, la soledad y un deseo ferviente de ser tomada en serio. Desmontar el prejuicio de la “rubia tonta” es, quizás, el acto de justicia más necesario a un siglo de su nacimiento. Al apagar las luces de la sala y verla en pantalla, queda claro que Marilyn no era la marioneta de la cámara, sino su cómplice absoluta. En realidad, hacía magia.
