La película de Richard Linklater revive el espíritu de la Nouvelle Vague y el legado cinematográfico de Jean-Luc Godard.
Por Chava Chávez
Crítico a Domicilio
PRIMER ACTO
A mal comienzo, mal final. Así parece entenderlo Michel Poiccard (Jean-Paul Belmondo) cuando agoniza tendido en una sucia calle parisina, y arroja las últimas volutas de humo del cigarrillo que nunca se separó de sus labios. Todavía ahí, en esa inmensa soledad que provoca la certeza de la muerte, y antes de cerrarse él mismo los ojos para siempre –en una actitud que lo consagra como el antihéroe del cine de inspiración policiaca–, no olvida dejar el signo de su perdón al ángel liberador: Patricia Franchini (Jean Seberg). Esos gestos de mimo enamorado son la contraseña oculta de su amor. La última frase de Michel, pronunciada antes de expirar, tiene la fuerza de una denuncia contra el mundo: “Es verdaderamente asqueroso” … Pero, cuando Patricia pregunta al inspector Vidal sobre lo que expresó Michel, recibe la siguiente respuesta: “Dijo que usted da verdadero asco”. Patricia, en realidad, libera a Michel del peso terrible de la existencia; sin embargo, el cambio de palabras convierte en un ser despreciable a la chica norteamericana: es la delatora.
Una mañana cualquiera, Michel roba un auto en el puerto de Marsella. Es perseguido por un policía en motocicleta y Michel dispara: el uniformado cae fulminado por el acero candente de la bala. Momentos antes, a través de la ventanilla del auto robado, Michel ya había apuntado el arma hacia el sol imaginando que disparaba: ¡Pam… pam… pam! El cineasta brasileño Glauber Rocha entendió muy bien el signo: disparar al sol es marcar la nueva fase del cine que empieza con Sin aliento (À bout de souffle), la ópera prima de Jean-Luc Godard que vio la luz en 1960. Es decir, Godard deseaba realizar un cine diferente, uno que mandara al diablo todas las leyes del montaje tradicional; uno que captara la realidad tal como es y no como quisiéramos que fuera. Michel Poiccard y Patricia Franchini tienen una existencia concreta que desatiende cualquier idea que podamos forjarnos de ellos, sin proponernos ninguna lección moral: él mata a sangre fría a un policía; ella, lo traiciona.
Jean Seberg y Jean-Paul Belmondo (Sin aliento, Godard, 1960).
Quizás nunca se imaginó Michel que la bella joven norteamericana que una mañana cualquiera encontró vendiendo el New York Herald Tribune en la avenida de los Campos Elíseos, en la bella París, iba a venir a cambiar radicalmente su proyecto de vida: escapar a Italia, huir de la policía. Michel vive el momento, congela el tiempo; es un ser sin pasado ni futuro. Todo lo contrario de Patricia, cuyo programa de vida se cifra en conquistar el mundo del periodismo de París. Proyectos y metas que separan a los amantes. Su unión solo será posible en la medida que cedan a los trabajos del amor que, casi siempre, son trabajos perdidos. Pero el amor, que es el fondo último de toda redención humana, obra en los personajes a manera de liberación. A Michel lo envía a la fuga eterna, la cual prefiere ante lo gris de lo cotidiano (dirigiéndose a nosotros, dice: “Estoy harto…cansado…quiero dormir”, justo antes de recibir el impacto de bala). A Patricia le da la libertad redonda. Nadie claudicó. El amor es, acaso, nos diría Godard, una forma degradada de la libertad.
En suma, podríamos decir que una mañana cualquiera, Godard cámara en mano, sigue a un hombre y una mujer, y el cine es. Patricia, la chica norteamericana, a la vez sueño y traición; Michel, un Humphrey Bogart de cartón. Lo importante es seguirlos hasta el fin y respetar su rotunda existencia.
SEGUNDO ACTO
La que acaban de leer, estimados Argonautas, es la reseña que escribí sobre Sin aliento allá por la década de los 80, cuando cursaba la carrera de Letras en la Universidad de Guadalajara. Es un texto de juventud, mucho más atento a la trama de la película que a su forma, que publiqué en un suplemento cultural tapatío.
Esta película de Jean-Luc Godard (1930-2022) despertó mi interés por la Nouvelle Vague (la Nueva Ola), un fenómeno cultural surgido en Francia que se propuso reinventar el cine. En la puesta en escena (mise-en-scène) ahora cabía todo: el montaje abrupto (sin los raccords que ayudan a mantener una narrativa coherente), el uso del tiempo real, la improvisación y los rodajes en locaciones al aire libre, fuera de las artificiales escenografías de los estudios. En el sentido de sacar la cámara a las calles, la escena de los Campos Elíseos es emblemática. Ese travelling que vemos en la pantalla hacia adelante y luego hacia atrás fue realizado con mucha discreción para que los transeúntes no se dieran cuenta. El director de fotografía, Raoul Coutard, había instalado la cámara en un carrito de mano que empujaba el mismo Godard al paso de Belmondo y Seberg. Con todo, algunos curiosos volteaban a ver la extraña escena.
Rescaté esta reseña de mis archivos por la sencilla razón de que acabo de ver en Netflix la película de Richard Linklater (Estados Unidos, 1960), Nouvelle Vague, que es un homenaje a la icónica pieza de Godard. La cinta —estrenada en el festival de Cannes en 2025— tuvo un gran reconocimiento en Francia: se hizo acreedora a cuatro galardones en los premios César (el equivalente del Oscar), incluyendo Mejor Dirección. También fue nominada a los Globos de Oro en la categoría de Mejor Película - Comedia o Musical.
Filmada en blanco y negro —no podía ser de otra manera, ya que se trata de evocar una película antigua—, la obra ofrece una excelente reconstrucción del proceso de filmación de Sin aliento. Es decir, es una película dentro de otra que hace una crónica de los veinte días de rodaje, donde se replican muchas de las secuencias del clásico filme. Hay una gran exactitud en los detalles: por increíble que parezca, la cámara que vemos en pantalla es la misma con la que se filmó la original de 1959. Asimismo, los actores recrean la coreografía exacta de las escenas, como la de los Campos Elíseos, donde Seberg porta la icónica camiseta del Herald Tribune. Cada escena refleja fielmente el París de la época, desde cafés animados y apartamentos hasta las oficinas de la revista Cahiers du Cinéma.
El beso de Patricia (Sin aliento, 1960). Jean-Paul Belmondo y Jean Seberg.
Aubry Dullin y Zoey Deutch. Nouvelle Vague (Richard Linklater, 2025).
Se aprecia mucho el sentido del humor que surge del hecho de que nosotros, la audiencia contemporánea, sabemos que se está gestando una de las películas más trascendentales de la historia, pero nadie en la ficción lo sabe; incluido el propio Godard, que por entonces solo era un crítico de cine con deseos de hacer algo distinto. Quien le da vida es el actor Guillaume Marbeck. En ese momento, la única estrella era Jean Seberg, muy bien interpretada por la actriz estadounidense Zoey Deutch, que no hablaba francés antes de empezar el rodaje. Al igual que su personaje, Deutch no entendía del todo lo que decían los demás en el set.
La aspirante a escritora en París (Zoey Deutch): entre el amor y la traición.
Sabríamos, más tarde, que Jean Seberg se suicidaría en París en 1979 a los 40 años. En la novela de Carlos Fuentes, Diana o la cazadora solitaria (1994), el escritor narra en primera persona su breve y apasionado romance con la actriz (bajo el nombre de Diana Soren) en 1970 en la Ciudad de México. Surge, además, el retrato de una mujer de gran fragilidad emocional atrapada en un mundo de acoso y paranoia, perseguida por el FBI porque la actriz prestaba su fama y celebridad para apoyar causas liberales.
Por su parte, Jean-Paul Belmondo, cuando participó en Sin aliento, era un joven aspirante a boxeador. Este papel lo interpreta Aubry Dullin. Con más de 80 películas en su haber, el actor se convertiría en una estrella internacional. En cuanto a Godard, su carrera continuó durante más de sesenta años. Para los fans del cine francés, esta película es obligada. En distintos momentos hay una serie de tableaux para identificar y rendir homenaje a figuras destacadas de la época, incluidos cineastas, críticos y colaboradores de Cahiers du Cinéma. A decir verdad, no recuerdo haber visto otra película donde se den cita tal cantidad de creadores del séptimo arte.
Guillaume Marbeck como Jean-Luc Godard y Aubry Dullin como Jean-Paul Belmondo.
TERCER ACTO
El filme de Richard Linklater me lanzó literalmente a mis años universitarios. Nostalgia pura. Hoy, releída varias décadas después, esa reseña que escribí de Sin Aliento me parece ingenua, pero también reveladora. Me interesaba la historia de amor y traición; hoy me interesa más el gesto radical de Godard contra el lenguaje del cine clásico. Vista hoy, Sin aliento conserva algo de milagro. Una película hecha con pocos recursos, con un guion que se reescribía sobre la marcha, con actores que improvisaban y una cámara que recorría las calles de París como un transeúnte más. Nada parecía indicar que de ese experimento surgiría una de las obras fundacionales del cine moderno. Quizá por eso la película de Richard Linklater resulta tan pertinente. Más que reconstruir el rodaje de Sin aliento, Nouvelle Vague nos recuerda algo esencial: que el cine, cuando realmente importa, siempre empieza de nuevo.
Porque cada generación necesita, a su manera, volver a disparar contra el sol.
