Train Dreams: la joya que Netflix no quiere que te pierdas

Basada en la novela de Denis Johnson, esta película nominada a cuatro premios de la Academia es un himno a los trabajadores anónimos que construyeron la modernidad norteamericana.

Joel Edgerton es Robert Grainier en la película de Netflix "Train Dreams" (2025). Foto: Netflix

Por Chava Chávez

Crítico a Domicilio


De las películas nominadas al Oscar en 2026 hay una que, aunque no obtuvo ninguna estatuilla en las cuatro categorías a las que aspiraba —Mejor Película, Mejor Guion Adaptado, Mejor Cinematografía y Mejor Canción Original—, es una verdadera joya: Train Dreams (“Sueños de trenes”), disponible en Netflix. Basada en la novela corta de Denis Johnson, narra la historia de Robert Grainier, un leñador y trabajador ferroviario del noroeste de Estados Unidos. Clint Bentley, con guion suyo y de Greg Kwedar, dirige esta preciosa película que es, por una parte, una oda a la naturaleza americana —una exaltación del mundo natural, sus bosques, ríos y cielos— y, por la otra, una reflexión sobre esos seres sencillos, ordinarios, cuya existencia constituye la huella invisible sobre la que se asienta la modernidad norteamericana.


La trama puede resumirse de la siguiente manera sin hacer mayores spoilers: Robert Grainier (Joel Edgerton), huérfano a temprana edad, pasa gran parte de su vida en Bonners Ferry, Idaho, y sus alrededores. Se enamora de Gladys Olding (una luminosa Felicity Jones) y juntos construyen una cabaña al borde de un río donde nace su hija Katie (Zoe Rose Short). Pero Grainier es leñador, y su oficio lo obliga a ausentarse durante largos periodos. A veces se dirige hacia el oeste, rumbo al Pacífico; en otras ocasiones, hasta Montana. Donde hubiera árboles que talar o vías de tren que construir, ahí estaba él, procurando el sustento para su familia. Hay un dispositivo clave en la película: un narrador invisible (la voz de Will Patton) que, con un tono a la vez irónico y afectivo, acompaña los hitos de la vida de Grainier. La acción transcurre principalmente en la primera mitad del siglo XX.

Felicity Jones como Gladys Olding y Joel Edgerton como Robert Grainier (Train Dreams, Clint Bentley, 2025).

Train Dreams se abre con el ritmo constante de una locomotora de vapor que emerge de un túnel hacia la luz de un bosque espeso. Desde esa primera imagen, la película inscribe su doble tentativa: celebrar la naturaleza y mostrar su transformación. La tala de bosques y la expansión del ferrocarril aparecen como condiciones necesarias de la industrialización de Norteamérica, un proceso que se intensifica a lo largo de las primeras décadas del siglo bajo el contexto de dos guerras mundiales. Los hombres que habitan ese mundo —provenientes de estados como Oregon o Minnesota— son trabajadores anónimos, enfrentados a una labor rutinaria, pesada y peligrosa (tres de ellos mueren en un accidente). Son personajes con una vida de gran humildad como la de Robert Grainier, confinada a unos pocos cientos de millas en el noroeste del Pacífico (sin haber visto nunca el océano). Pero se traza una paradoja: es una existencia aparentemente mínima que, sin embargo, participa en la construcción material de la modernidad estadounidense. Dicho de otro modo, es un homenaje a la ‘ordinariedad’, por así decirlo, como motor del progreso.

Los hombres del bosque (Train Dreams, Clint Bentley, 2025).

La película introduce también, de manera breve, la violencia racial que atraviesa ese proceso. Trabajadores inmigrantes chinos participan en la construcción de las vías del ferrocarril, pero son objeto de una discriminación brutal. En 1917, Grainier presencia con horror cómo tres hombres blancos golpean a un trabajador, Fu Sheng (Alfred Hsing), y lo arrojan desde un puente sin motivo aparente. Durante años, el fantasma de Fu lo perseguirá, encarnando una culpa silenciosa. Un recuerdo de infancia refuerza esta línea: la deportación masiva de familias chinas del pueblo. En otro momento, un hombre afroamericano dispara contra un leñador blanco para vengar el asesinato de su hermano, ejecutado únicamente por el color de su piel. Sin convertir estos episodios en un eje central, la película deja ver que la cimentación de Estados Unidos no solo fue obra de trabajadores invisibles, sino también de violencias sistemáticas que permanecen como espectros en la memoria.


Hay, sin embargo, espacios de comunidad. Grainier establece lazos con Ignatius Jack (Nathaniel Arcand), un comerciante indígena que le ofrece apoyo moral y económico en momentos decisivos. También entabla amistad con Arn Peeples (William H. Macy), un experto en dinamita, personaje un tanto folclórico que introduce una temprana conciencia ecológica al advertir sobre la devastación de árboles centenarios. En esa misma línea, la funcionaria forestal Claire Thompson (Kerry Condon) formula una idea clave: “Todo está entrelazado en el bosque, de modo que no puedes distinguir dónde termina una cosa y empieza la otra”. Esta frase condensa la apuesta del filme: pensar la naturaleza como un entramado vivo donde lo humano y lo no humano se entrecruzan. Es decir, se marca la intencionalidad del director Clint Bentley de acentuar la interconexión espiritual y material de todos los seres vivos de nuestro hábitat.

 William H. Macy como Arn Peeples (Train Dreams, Clint Bentley, 2025).

Visualmente, Train Dreams es de una belleza verdaderamente notable. Bentley y el cinefotógrafo brasileño Adolpho Veloso construyen una poética de la contemplación: bosques densos, cielos majestuosos, crepúsculos de luz vacilante, arroyos serpenteantes, lluvias torrenciales. Todo ello acompañado por la música de Bryce Dessner, cuyos acordes parecen surgir de la misma materia del paisaje. La película se convierte así en un himno al mundo natural del noroeste estadounidense.

Crepúsculos de luz vacilante (Train Dreams, Clint Bentley, 2025).

Joel Edgerton nos ofrece una actuación extraordinaria, cargada de una melancolía contenida (no en vano fue nominado al Globo de Oro). Su Grainier es, ante todo, un observador: un hombre de silencios, de gestos mínimos, que a veces esboza una leve sonrisa y, de vez en cuando, libera emociones guardadas por mucho tiempo. Mi secuencia favorita es una de estas. Les doy el contexto: Grainier ya mayor viaja en el Great Northern Railway hasta Spokane, Washington. Dado que ha pasado su vida en los bosques, parece desconcertado al incursionar en una ciudad de altos edificios; entra en un teatro de variedades y llora de emoción con el espectáculo.


Al día siguiente, en un aeródromo, paga cuatro dólares por sobrevolar el paisaje en un biplano. Es ahí donde la película alcanza uno de sus momentos más logrados: una secuencia de montaje en la que Grainier revisita los instantes esenciales de su vida. Nos dice el narrador que el leñador, mirando desde lo alto la misma tierra donde había pasado la vida talando árboles, “tras perder cualquier noción del arriba y del abajo, se sintió, al fin, conectado con el todo”. El rostro de Joel Edgerton transmite una reconciliación final con su propia existencia.

Robert Grainier reconciliado con su propia existencia (Train Dreams, Clint Bentley, 2025).

Personajes como Grainier rara vez ocupan el centro de los grandes relatos biográficos. No participó en gestas ni dejó inventos memorables; fue, simplemente, un leñador. Pero la película insiste en que ahí, en esa vida aparentemente menor, reside otra forma de historia. Cuando uno de estos hombres muere, sus botas son clavadas en los troncos de los árboles: un gesto mínimo, pero cargado de sentido, que afirma su paso por el mundo. Train Dreams nos recuerda que la modernidad no solo fue construida por grandes nombres, sino también por personajes anónimos y sencillos como Robert Grainier.


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