Desde el cruce entre lo policial y lo fantástico, la adaptación de la novela de Dolores Reyes transforma el horror contemporáneo en una poderosa metáfora sobre feminicidio, duelo y justicia en América Latina.
Por Chava Chávez - Crítico a Domicilio
La primera imagen que asociamos con la serie Cometierra es la de Rebeca Buendía engullendo puñados de tierra. En Cien años de soledad (1967), la novela de Gabriel García Márquez –paradigma del realismo mágico de América Latina–, Rebeca, la niña huérfana que llega a Macondo, mantenía esa extraña costumbre como una forma simbólica de vincularse con su pasado y con la memoria de sus padres fallecidos.
En Cometierra, la joven Aylin hereda ese gesto arcaico y perturbador en clave contemporánea: cual Rebeca rediviva, al comer tierra del lugar donde estuvieron personas desaparecidas o asesinadas, experimenta visiones que le permiten reconstruir su destino. La tierra se convierte así en una poderosa metáfora que condensa memoria, duelo y una urgente demanda de justicia.
La serie se basa en la novela homónima de Dolores Reyes (Argentina, 1978), publicada en 2019 y reconocida de inmediato como uno de los debuts más originales de la literatura latinoamericana reciente. El libro vendió más de 50 mil ejemplares solo en Argentina y fue traducido a quince idiomas.
Su éxito no estuvo exento de polémica: sectores de la ultraderecha cuestionaron su inclusión en bibliotecas escolares por algunas escenas de sexualidad explícita, calificadas como “pornográficas”, mientras pasaban por alto la denuncia frontal que la novela hace de los feminicidios.
No es un dato menor que Cometierra esté dedicada a Melina Romero y Araceli Ramos, dos jóvenes víctimas de feminicidio cuyas tumbas se encuentran cerca de la escuela donde Reyes trabajaba cuando comenzó a escribir la novela.
La historia de esta joven capaz de ver el destino de las personas desaparecidas fue adaptada por Prime Video y trasladada a la periferia de la Ciudad de México en una serie de siete episodios, estrenada el 31 de octubre de 2025.
El proyecto fue creado por Daniel Burman (Argentina, 1973), cineasta clave del llamado Nuevo Cine Argentino, surgido a finales de los años noventa. Burman, conocido por su trilogía judía (Esperando al Mesías, El abrazo partido, Derecho de familia), se aleja aquí de su universo habitual para construir una narrativa compatible con las audiencias globales del streaming contemporáneo, sin abandonar del todo una mirada autoral.
El elenco es notable: Lilith Curiel encarna a Aylin con una mezcla de fragilidad y resistencia; la acompañan Yalitza Aparicio, Gerardo Taracena, Juan Daniel García Treviño, Harold Torres, Arcelia Ramírez, Luisa Huertas, entre otros. Aunque la novela original transcurre en el conurbano bonaerense, el traslado a México no solo resulta verosímil, sino revelador: la violencia de género, las desapariciones y la ineficacia de las instituciones estatales no son un problema local, sino una herida abierta en toda América Latina. No es casual que los familiares de las víctimas acudan a Cometierra después de haber sido ignorados por las autoridades.
El conflicto central de Aylin es profundamente trágico: ella no desea tener este don (o maldición). Comer tierra la enferma, la desgasta física y emocionalmente, y la expone a imágenes de mujeres asesinadas con extrema violencia. Sin embargo, la conciencia de la brutalidad que la rodea la obliga a asumir una responsabilidad ética: ayudar a encontrar a los desaparecidos, la mayoría ya sin vida, y ofrecer a sus familias al menos la posibilidad de un duelo y una sepultura digna.
En este punto, resulta pertinente establecer un diálogo con Vuelven (2017), la película de la directora mexicana Issa López, comentada por su crítico a domicilio la semana de Halloween de 2025.
En aquella cinta, el horror fantástico se articula desde la figura del espectro: los fantasmas regresan para exigir justicia en un contexto marcado por la impunidad y la corrupción. Como sugiere el filósofo francés Jacques Derrida en Espectros de Marx, los fantasmas vuelven cuando una sociedad es incapaz de hacer justicia por sus propios medios. Lo espectral no pertenece únicamente al pasado, sino que irrumpe en el presente como una deuda no saldada: los crímenes, las ausencias y los cuerpos que el orden social ha preferido enterrar sin duelo.
En ese sentido, Vuelven propone una suerte de “justicia espectral” que emerge allí donde el Estado ha fallado. Cometierra comparte ese mismo impulso ético, pero desplaza la mediación sobrenatural: aquí no son los fantasmas, sino la tierra misma —animada mediante efectos visuales— la que se convierte en vehículo de la memoria y la justicia.
Mientras Vuelven se apoya en el realismo mágico, Cometierra combina elementos de lo policial y lo fantástico. La poética visual subraya esta dimensión: las visiones oníricas de Aylin, los cuerpos violentados, los paisajes boscosos que funcionan como espacios liminares entre la vida y la muerte, todo ello enmarcado en una paleta cromática que oscila entre el rojo de la violencia y un blanco y negro espectral.
Como es natural en una adaptación pensada para el streaming global, la serie introduce personajes y situaciones ausentes en la novela original —y omite, por cierto, las polémicas escenas sexuales— para ajustarse a las convenciones del drama juvenil y el thriller sobrenatural. Aylin sufre bullying en la preparatoria, y es precisamente en uno de esos episodios de acoso cuando descubre su poder. La obligan a comer tierra y tiene su primera visión: se da cuenta de que su profesora Ema se encuentra en peligro.
Su hermano Walter y el policía Ezequiel se suman a la búsqueda, detonando una trama que dialoga abiertamente con ciertas convenciones del género. Aún más: hay citas casi textuales de películas como Carrie (Brian De Palma, 1976) o de series como Wednesday (Alfred Gough/Miles Millar, 2022).
En algunos momentos, este afán por inscribir Cometierra dentro del universo de lo fantástico y lo sobrenatural produce escenas que rozan lo delirante, como si la serie tensara al máximo sus propios recursos expresivos para asegurar su conexión con el imaginario global del género.
Un elemento particularmente eficaz es la musicalización. Cada episodio incorpora canciones de artistas como Natalia Lafourcade, Cazzu o Silvana Estrada, una estrategia clara para conectar con audiencias jóvenes que se reconocen en estas voces femeninas contemporáneas. Así, la música refuerza el tono emocional de la serie y establece un puente afectivo con una generación sensibilizada frente a la violencia de género.
Cometierra no ofrece soluciones fáciles ni finales redentores. Como Vuelven, es una obra que asume que, cuando el Estado falla, la justicia se desplaza hacia lo marginal, lo simbólico y lo fantástico. En ese gesto reside su potencia política: recordarnos que la memoria de los cuerpos ausentes sigue latiendo bajo la tierra, y que ignorarla es una forma más de violencia.
