El museo de la inocencia en Netflix: amor, obsesión y el hüzün de Estambul

La miniserie basada en la novela de Orhan Pamuk transforma la melancolía colectiva de Estambul en una historia íntima sobre deseo, memoria y pérdida.

Por Chava Chávez

Crítico a Domicilio

“À toi, à la façon que tu as d’être belle…”
(A ti, por la manera que tienes de ser hermosa…)

“À toi” (Joe Dassin)


Para este crítico a domicilio ver la serie El museo de la inocencia, estrenada globalmente en Netflix el pasado 13 de febrero y basada en la novela de Orhan Pamuk, fue una experiencia muy estimulante. He tenido la oportunidad de estar en Estambul un par de veces, siempre acompañado por la obra del autor turco, premio Nobel de literatura en 2006. La primera vez, en 2018, llegué a esa fascinante ciudad con un libro bajo el brazo, Estambul: ciudad y recuerdos, y la segunda, en 2023, con El museo de la inocencia. Entre Asia y Europa, esta ciudad transcontinental se ha convertido en el centro histórico, económico y cultural de Turquía, visitada por millones de turistas cada año. Como uno de ellos, me dediqué a explorar sus mezquitas, sus palacios, sus bazares, sus barrios, sus plazas, sus callejuelas. Crucé el Bósforo en ferry para visitar Üsküdar y Kadıköy, situados en la parte asiática. Pocos paisajes se igualan al de contemplar desde el barco las siluetas de las mezquitas que se van perdiendo a lo lejos o la espectacular puesta de sol sobre el estrecho. 


Te invito a ver este episodio de A las nueve en punto, donde comparto mi experiencia personal recorriendo Estambul y visitando el verdadero Museo de la inocencia.

En Estambul: ciudad y recuerdos (2005), Pamuk escribió un retrato maravilloso de la ciudad en donde nació en 1952. Para describir el estado de profunda melancolía que despierta en él la ciudad en que ha vivido toda su vida, el escritor usa la palabra hüzün que “describe un sentimiento derivado de una pérdida especialmente dolorosa en lo espiritual”. En su narración, el autor menciona escritores, fotógrafos y pintores que han señalado que la sublime belleza de Estambul reside en su melancolía. Los paisajes del Bósforo de Antoine-Ignace Melling o las impresiones de la ciudad del poeta Théophile Gautier o del novelista Gustave Flaubert, por citar algunos ejemplos de visitantes europeos, son testimonios de una ciudad que empieza a mostrar el gradual declive del glorioso imperio otomano en su tránsito a la modernidad occidental. Dicho de otro modo, el hüzün no es una tristeza individual, sino un sentimiento colectivo: la conciencia compartida de haber perdido un esplendor imperial cuyo eco aún persiste en las ruinas y paisajes de la ciudad.

El museo de la inocencia, publicada en 2008, narra la historia de amor entre Kemal y Füsun, personajes pertenecientes a clases sociales distintas. Él es un hombre de negocios de la alta sociedad y ella una lejana pariente pobre que trabaja en una tienda de accesorios para dama. Al principio, todo indica que se trata de la típica novela romántica entre personas de diferente estrato. Pero, en realidad, es algo diferente. Por una parte, es una radiografía social de la burguesía estambulí de los años 70 y 80, atrapada entre las tradiciones orientales y la modernidad occidental y, por otra, es la crónica de una pasión amorosa que raya en lo enfermizo: la autopsia de una obsesión. 


Y lo más interesante, quizás, tenga que ver con algo realmente inusual: a la par que Pamuk iba escribiendo la novela, fue construyendo un museo en donde se exhibirían objetos que los personajes usaban, todo meticulosamente ordenado en 83 vitrinas que se corresponden con los 83 capítulos de la novela. Es decir, se ponen a la vista más de mil objetos cotidianos relacionados con la historia y sus personajes. El museo (que abrió sus puertas al público en 2012) está ubicado en una casona del siglo XIX en el barrio de Çukurcuma. Me tocó visitarlo en mi segunda estancia en Estambul. En la ficción, es la casa donde vivió la propia Füsun. 

Nuestro crítico a domicilio en la entrada del Museo de la inocencia (Estambul, 2023).

El museo de la inocencia (Masumiyet Müzesi), la miniserie de 9 episodios, dirigida por Zeynep Günay, con guion de Ertan Kurtulan, sigue muy de cerca la novela de Orhan Pamuk. No en balde el escritor estuvo muy involucrado con la producción televisiva al punto de que hace un par de cameos, pues Kemal –supuestamente fue su amigo en la vida real– le encarga escribir su historia. Quiero decir: Pamuk, en un interesante giro metaficcional, aparece como personaje dentro de su propia novela. El reparto principal incluye a Eylül Lize Kandemir (Füsun), en su primer papel en una producción de escala global, y actores más consagrados como Selahattin Paşalı (Kemal, el burgués occidentalizado con capital simbólico y económico) y Oya Unustası (Sibel, la prometida de Kemal, también de la alta sociedad). Este es el triángulo amoroso que se va a formar: Kemal y Füsun, los amantes que viven un amor furtivo y Sibel, la novia ilusionada que espera el día de su boda. 

Selahattin Paşalı como Kemal, millonario de la alta sociedad estambulí.
Eylül Lize Kandemir como Füsun, la joven que trabaja en una tienda de accesorios para dama.

En mi opinión, El museo de la inocencia no es una historia de amor: más bien es un relato sobre la institucionalización del hüzün. Reparemos en la semejanza entre las palabras hüzün y Füsun (esta palabra significa “encanto”). Así, podemos decir que la adaptación de Netflix convierte el hüzün pamukiano —esa conciencia histórica de pérdida colectiva— en una atmósfera nostálgica centrada en el tormento individual de Kemal y la desilusión de Füsun. 

Orhan Pamuk en El museo de la inocencia

¿Cuál es la falla trágica de Kemal? Abandonarse a un amor desmesurado por Füsun que a su vez conlleva una tarea igualmente desmesurada: construir un museo para ella. Es difícil sentir empatía por el personaje (aunque Selahattin Paşalı lo vuelve carismático), pero también es justo reconocer que está dispuesto a sacrificarlo todo por el amor de su vida. El hombre empieza a robar los objetos cotidianos que Füsun ha tocado: colillas de cigarros, aretes, tazas, ropa, zapatos, bolsas, etc. Hay toda una teoría en ese mundo de objetos como portadores de sensaciones y recuerdos, como si fueran fragmentos de tiempo suspendido. Sin lugar a duda, Kemal es un fetichista que sustituye a la mujer de carne y hueso por los objetos que la evocan, pero esto obedece a una experiencia sensorial: el cigarro en labios de Füsun, el humo, la mirada… todo equivale a un recuerdo que el personaje intenta revivir. Es decir, la colilla no vale por sí misma: vale porque fue tocada por Füsun. Se rodaron algunas escenas en el interior del museo, por lo que podemos ver algunos de estos objetos. A decir verdad, ese museo es una muestra de la estructura de sentimiento del hüsün

Kemal coleccionó 4, 213 colillas de cigarros de Füsun (foto de Chava Chávez).
La bolsa de la famosa marca Jenny Colon que cambiaría el curso de las cosas (Foto de Chava Chávez).

Por su parte, Füsun no puede ocultar el peso de la melancolía y su tristeza. La novela de Pamuk está narrada por Kemal en primera persona, por lo que ella es casi como un fantasma, una proyección de los deseos del protagonista. Por ello, me gustó ver en la serie a una Füsun de carne y hueso, con voz propia, interpretada por una actriz de belleza enigmática como lo es Eylül Lize Kandemir. La joven sufre porque Kemal está comprometido con Sibel; sueña con ser una actriz de cine, pero se presentan varios obstáculos. Si se piensa que intenta “pescar” al joven millonario para escapar de sus carencias económicas, hay elementos que prueban que su amor es real: depresión, aislamiento, escape. Notamos sus expresiones de enfado, su tristeza silenciosa y cómo, poco a poco, se va marchitando. De hecho, el canario “Limón” es como su avatar. El obsesivo amor de Kemal es como esa jaula en donde trina el triste pájaro y, por ello, Füsun pasa sus tardes tratando de dibujar la esencia del canario que es, en realidad, una imagen de sí misma. 


Ahora bien, ¿cómo traduce la serie el concepto de hüzün al lenguaje audiovisual? Se evita, en principio, el Estambul turístico; no hay planos de la Mezquita Azul ni de la Santa Sofía al atardecer. El hüzün se hace presente en una ciudad atravesada por una melancolía densa en donde la lluvia es constante. Entramos al interior de apartamentos, tiendas de moda, cafés, cines y clubes nocturnos. Caminamos junto con Kemal por callejones oscuros y cuestas empinadas. El Bósforo, aparece a lo lejos en pocas ocasiones, profundo, melancólico. Quizás el color dominante sea el de una luz filtrada por el humo de los cigarros, como de atardecer perpetuo que vemos en el apartamento Merhamet en donde Kemal y Füsun tienen sus encuentros amorosos. Es el color de la nostalgia. Asimismo, sentimos el peso de las cosas: la textura del vestido amarillo de Füsun, el sonido de los encendedores, el humo de los cigarros que flota en el aire, el eco del reloj en la pared, el tintineo de las cucharas en el té. Hay muchas tomas a través de marcos de puerta, espejos o vidrios empañados. El ritmo de las secuencias es sosegado, con planos sostenidos y música envolvente. En suma, en la serie, el hüzün se convierte en una experiencia sobre todo sensorial.


Termino comentando una de mis secuencias favoritas (episodio 3). El día en que Kemal y Sibel formalizarán su compromiso en el hotel Hilton, Kemal y Füsun tienen su cita en al apartamento Merhamet. Están afligidos porque saben que sus vidas cambiarán pronto. Salen del apartamento y caminan cada uno por la misma calle, pero por la banqueta de enfrente, moviéndose al mismo ritmo, imitando sus pasos, como unidos por un mismo hilo. 

En la banda sonora empezamos a escuchar una versión turca de la canción en francés de Joe Dassin, “À toi”, a cargo del cantante Neco (en turco la canción se titula “Seni Bana Katsam”).


Aquí puedes escuchar “Seni Bana Katsam”, la versión turca del clásico de Joe Dassin que acompaña uno de los momentos más memorables de la serie.

Seni Bana Katsam

Neco

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La balada es un himno al amor que es, a un tiempo, entrega y posesión. El hecho de que usen la versión turca (que en los 70 era muy común, esa apropiación de la chanson francesa por el pop turco) es un guiño perfecto a esa Estambul moderna que miraba a París con añoranza. Al verlos transitar al ritmo de la melodía, no puede uno sino sentir el hüzün de una época: esa profunda tristeza de Kemal y Füsun que se miran, se sonríen, mientras avanzan por la misma calle por aceras opuestas. 


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