De Aldo Monti a Luc Besson: Un recorrido por la historia de Drácula en el cine

Crítico a Domicilio analiza la evolución del vampiro de Bram Stoker ante el estreno de la nueva versión de Luc Besson

Por Chava Chávez

Crítico a Domicilio


En un par de días, este viernes 6 de febrero, se estrenará en algunos cines de esta ciudad angelina una nueva película sobre Drácula dirigida por Luc Besson, el director francés de filmes icónicos como Nikita (1990), El perfecto asesino (1994), El quinto elemento (1997) y Lucy (2014), por mencionar algunos títulos. La cinta se estrenó en Francia en 2025, así que llega con un poco de retraso a las salas de Estados Unidos. Como soy un fan de hueso colorado del conde Drácula, estoy listo para ver esta versión de Besson. Prometo comentarla el próximo miércoles. Mientras tanto, voy a aprovechar la oportunidad para contarles a nuestros estimados argonautas un poco de mi relación con este gran personaje de la literatura, el cine y el teatro.


Mi primer contacto con Drácula fue a través de las películas de los míticos Santo y Blue Demon allá por los años 70 en México, cuando yo era un adolescente. Estos titanes del pancracio se enfrentaron a las fuerzas del mal y, desde luego, no podía faltar el vampiro de Transilvania. Particularmente tengo dos películas grabadas en la memoria: Santo en el tesoro de Drácula (1968) y Santo y Blue Demon contra Drácula y el hombre lobo (1973). El actor que encarnó al conde fue Aldo Monti (1929-2016), a quien recuerdo vestido siempre muy elegantemente (esmoquin y capa), de gran estatura, con una mirada hipnotizante que a un tiempo era amenazante y seductora; muy en la tradición de actores como Bela Lugosi y Christopher Lee, vampiros "aristocráticos" con un acento exótico surgidos de las filas de Hollywood.

El actor Aldo Monti personificando al conde Drácula con esmoquin y capa elegante.
Aldo Monti encarnando al mítico personaje en Santo en el tesoro de Drácula (1968).

No podía faltar el medallón distintivo del conde que indicaba una orden de caballería y su estatus de nobleza. Aunque otro actor mexicano, Germán Robles, interpretó al vampiro en un filme ahora considerado de culto, dirigido por Fernando Méndez en 1957 (El vampiro), yo sigo prefiriendo a Aldo Monti por esa mirada que infundía un temor real.


En la década de los 80, cuando cursaba la carrera de Letras en la Universidad de Guadalajara, leí la clásica novela del escritor irlandés Bram Stoker (1847-1912) que dio vida al personaje, titulada simplemente Drácula. Tras varios años de estudios sobre el folclore de Europa del Este e investigaciones sobre lo que se había escrito de la existencia de los vampiros, aunado a su febril imaginación, Stoker concibió al que sería el vampiro de mayor trascendencia e impacto en el cine a raíz de la publicación de la novela en 1897. Sin lugar a duda, conocemos más al personaje cinematográfico que al de la novela, ya que son incontables las adaptaciones fílmicas, pero hay diferencias notables.

Portada de la novela original Drácula de Bram Stoker publicada en 1897.
Bram Stoker (Irlanda, 1847-1912).

Mi primera sorpresa fue que el Drácula de Bram Stoker no era particularmente elegante ni atractivo como el imponente Aldo Monti. Por el contrario, era ciertamente repulsivo: de una gran palidez, con unos dientes blancos y agudos que sobresalían de sus labios, manos con uñas afiladas y un fétido aliento. Poseía la fuerza de veinte hombres y podía transformarse en murciélago, lobo y niebla. Aquí se presentan varias características distintivas: no reflejarse en los espejos, no resistir los crucifijos ni soportar el olor de los ajos.

 

Desde el punto de vista literario, la obra de Stoker descansa en recursos tales como fragmentos de diarios, cartas, telegramas y recortes de prensa. A decir verdad, sorprende que el conde aparezca muy poco con voz propia; la mayor parte de él la sabemos a través de los otros personajes: Jonathan Harker, su prometida Mina Murray, Lucy Westenra, el profesor Van Helsing y Renfield, el loco del manicomio. De ahí que resulte interesante que sea el cine el que le otorgue mayormente al personaje una voz y un punto de vista. La acción de la novela transcurre, principalmente, en el Londres del siglo XIX.

 

EL CANTO DEL GALLO

En Guadalajara, en los años 80, vi la primera adaptación cinematográfica que se hizo de la novela: Nosferatu, una sinfonía del horror, estrenada en 1922. Esa distinción le correspondió a F.W. Murnau (1888-1931), gran exponente del expresionismo alemán, estilo que consistía primordialmente en el uso de luces y sombras para crear atmósferas amenazantes. La figura del conde aquí está más a tono con la descripción de la novela: grotesco, cadavérico, de orejas puntiagudas y dientes de roedor. Notamos también el cambio de nombre a Orlok y del título a Nosferatu, palabra que parece derivarse del rumano y significa "vampiro" o "no muerto".

 

Una de las aportaciones de Murnau consiste en que Drácula trae la peste a su llegada a la ciudad. No hay en el texto de Stoker una plaga como tal, por lo que el director alemán usa este recurso para dramatizar la amenaza del no muerto. Nina, la heroína, decide sacrificarse ofreciendo su cuerpo al vampiro para retenerlo hasta el amanecer. Nosferatu, embriagado de sangre, pierde la noción del tiempo y solo reacciona cuando oye el canto del gallo, pero es muy tarde: la primera luz del alba lo aniquila. Esta vulnerabilidad a la luz solar es una variante que introdujo Murnau y que configuró un primer gran paradigma: el del sacrificio femenino.

Escena clásica de la película Nosferatu de 1922 dirigida por F.W. Murnau.
La luz del amanecer destruye al vampiro (Nosferatu, una sinfonía del horror, F.W. Murnau, 1922).

Werner Herzog, otro cineasta alemán, lanzó en 1979 un remake del filme de Murnau que se inserta en este mismo paradigma: Nosferatu, el vampiro, con Klaus Kinski como el conde, Isabelle Adjani como Lucy Harker y Bruno Ganz como Jonathan Harker. Lo que más me gustó fue la musicalización a cargo de Popol Vuh, un grupo alemán que usaba sintetizadores para crear una atmósfera mística e hipnótica, lo cual profundiza la meditación de Herzog sobre el vampirismo. Aquí encontramos el tema de la soledad del vampiro: un ser abrumado por el paso de los siglos, melancólico y condenado a la eternidad. Al final, el personaje de Adjani se sacrifica nuevamente para salvar a la ciudad de la peste.

Klaus Kinski como el conde Drácula en la versión de Nosferatu de Werner Herzog.
Klaus Kinski e Isabelle Adjani en la noche del sacrificio (Nosferatu, el vampiro, Werner Herzog, 1979).

Para terminar, me gustaría mencionar un filme reciente: Nosferatu (2024), de Robert Eggers. El personaje a cargo de Lily-Rose Depp (basado en Mina Murray) es, otra vez, una figura sacrificial. Aquí se llama Ellen Hutter y es ella quien, conectada psíquicamente con el vampiro (interpretado por Bill Skarsgård), reclama su presencia. El monstruo de Eggers está más cerca de Frankenstein que de los aristócratas de Hollywood; es un muerto en vida de piel enfermiza, cual cadáver en descomposición. Ese cuerpo corrupto hace más terrible el sacrificio de la protagonista, la única que puede acabar con esa fuerza pestilente que se ha apoderado de la ciudad. Hay ciertos puntos de contacto con El exorcista (William Friedkin, 1973), la película en donde Linda Blair interpreta a una joven poseída por el demonio: una fuerza similar se apodera de Ellen —mezcla de horror, deseo, posesión y frenesí— convirtiendo su cuerpo en un campo de batalla donde, para destruir al mal, debe retenerlo hasta que cante el gallo.

Lily-Rose Depp y Bill Skarsgård en la película Nosferatu 2024 de Robert Eggers.
Lily-Rose Depp y Bill Skarsgård (el vampiro más repulsivo en la historia) en Nosferatu (Robert Eggers, 2024).

Es precisamente este recorrido por las diversas caras del conde —del aristócrata seductor de Aldo Monti al cadáver putrefacto de Eggers— lo que me hace esperar con tanta curiosidad la propuesta de Luc Besson. ¿Nos entregará un Drácula que se inserta en la tradición del canto de gallo o será algo más bien en la tradición de la historia de amor al estilo del Drácula de Francis Ford Coppola? Sea como sea, el vampiro de Bram Stoker sigue demostrando una vitalidad envidiable después de más de un siglo.

 

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