La adolescencia no solo define amistades y primeras historias; también fija el sonido que se convierte en identidad para toda la vida.
Por Omar Velasco
Hay una etapa en la vida en la que la música deja de ser simple entretenimiento y se convierte en identidad. Generalmente ocurre entre los 12 y los 16 años, cuando todo se vive con mayor intensidad. Las amistades son tan fuertes como la familia, los primeros amores son inolvidables y las emociones están desenfrenadas.
En esos años aparece un artista, una banda o un género musical que, sin que lo entendamos del todo en ese momento, se queda con nosotros para siempre.
Con el paso del tiempo uno descubre nueva música, amplía su gusto, cambia de playlist y evoluciona. Pero esa música que sonaba cuando tenías 13 o 14 años ocupa un lugar distinto. No compite con las demás porque forma su propia categoría en nuestra mente y corazón.
La adolescencia es un camino de identidad. El cerebro está creando conexiones profundas entre emoción y experiencia. Por eso la música que acompaña esa etapa no solo se escucha, se asocia con momentos específicos, con personas concretas, con versiones más jóvenes de uno mismo.
Cuando años después vuelve a sonar esa canción, no solo la reconoces. Regresas al cuarto donde la escuchabas, a la escuela, al primer amor, a esa entrañable sensación de querer descubrir el mundo.
Hay estudios que explican que la música escuchada en la adolescencia activa zonas del cerebro vinculadas con la memoria autobiográfica. Pero más allá de lo científico, cualquiera que haya vivido lo entiende sin necesidad de estadísticas. La canción que te hizo amar la música por primera vez no era solo una canción, era, y es, el soundtrack de tu vida.
Por eso muchos artistas logran trascender generaciones. No porque dominen eternamente las listas de popularidad, sino porque acompañaron procesos personales en el momento exacto en que más necesitábamos sentirnos comprendidos.
Y ahí está la pregunta inevitable: si hoy tuvieras que elegir al artista o banda que te hizo amar la música por primera vez, ¿quién sería? Probablemente no pensarías en lo que escuchaste la semana pasada. Pensarías en esa etapa donde todo parecía más auténtico, más intenso, más definitivo.
En mi caso, es el disco Contra reloj de Los Enanitos Verdes (1986). Con tan solo 13 años, canciones como Cada vez que digo adiós, Tus viejas cartas y Solo dame otra oportunidad despertaron en mí emociones que no conocía.
Después llegaron otras bandas, otros intérpretes, pero esa primera conexión con la música de los chicos de Mendoza, Argentina, permanecerá intacta “por el resto de mis días”.
