Oaxaca y la lección de no tener prisa

Crónica de un viaje donde aprender a ir despacio fue el verdadero destino


Acueducto de Oaxaca, Barrio de Xochimilco


Llegué a Oaxaca con la idea, casi automática, de aprovechar. Aprovechar los días, las comidas, los recorridos. Aprovechar el viaje como si el tiempo fuera un recurso limitado que había que exprimir antes de que se acabara.


Pero mi amiga Oaxaca no se dejó. Desde el primer día entendí que aquí el tiempo no manda, ni es prioridad. El tiempo solo pasa, solo es. Se sienta contigo a la mesa, se estira en una sobremesa larga, se esconde en el cafecito o el chocolate mañanero. No hay prisa, pero tampoco hay culpa por no tenerla.


No te voy a mentir, esto al principio incomoda. Porque venimos entrenados a medir la vida en pendientes, en checklists, en “ya que estamos aquí”. Traemos una lista de lugares que visitar, fotos que tomar, cosas que comprar.


Templo de Santo Domingo de Guzmán

Debo admitir que casi siempre viajo con menos tiempo. Por lo regular un fin de semana, máximo cuatro días. En esta ocasión traíamos más tiempo, poco más de dos semanas. Además, llegamos a un pueblo donde la vida es más lenta aún, si es que eso es posible. Me ha sido muy interesante observar cómo mi sistema nervioso se va tranquilizando. Dejar de estar en modo alerta. Dejar de pensar qué sigue. Y la verdad, me gustó. Soy muy consciente de que esta manera de viajar es un lujo. Y sé también que viajar, y hacerlo así, es un enorme privilegio. Pero creo que dentro de todo, no fue tanto la manera de viajar…sino, observar lo cotidiano cuando empecé a entenderlo.


La comida toma tiempo. No porque sean lentos, sino porque así es como se hace bien. Un mole no se improvisa ni se acelera. Lleva horas, días, capas de sabores que se van construyendo con paciencia. Nadie está apurado por servirlo; cuando llega a la mesa, entiendes por qué. Las cosas hechas a mano también tienen su propio ritmo. Un textil no se termina en una tarde ni en una semana. Hay repetición, técnica, errores, correcciones. No hay urgencia por acabar; importa más hacerlo bien que hacerlo rápido.


Zona Arqueológica de Mitla


El buen mezcal es otro ejemplo claro de eso. No se produce en masa ni a la carrera. El agave tarda años en crecer. El proceso es lento, artesanal, cuidadoso. Cada etapa requiere tiempo y atención. Y quizá por eso se toma despacio. No es una bebida para tomar en shots, se toma sin prisa, en pequeños tragos. Incluso las conversaciones funcionan distinto. No empiezan con un punto claro ni buscan llegar a una conclusión. Se dan, se estiran, se interrumpen, regresan. No están diseñadas para producir nada, solo para disfrutar de la compañía.


Y en medio de todo eso, sin buscarlo, algo se acomodó. No fue que algo estuviera mal antes. No hubo una revelación ni un cambio radical. Simplemente me detuve a observar. A estar más presente. A dejar que el tiempo hiciera lo suyo sin tratar de dirigirlo. No sé si esto sea una lección, porque no todo tiene que serlo, pero sí es un recordatorio que quiero llevarme conmigo. Que no todo tiene que pasar rápido para ser bueno. Que no todo
necesita resolverse de inmediato. Que hay cosas que se disfrutan más cuando no se apuran.


Iglesia de Santa María de Asunción en Santa María de Tule


No sé qué tan fácil será regresar a mi vida diaria e implementar lo vivido. Lo que sí sé es que este feeling me gustó mucho. Y que me gustaría que en este mundo moderno en el que vivimos pudiéramos de verdad tomarnos el tiempo de respirar y disfrutar más el presente. El tiempo importa, y en nuestra sociedad hemos aprendido que es oro, pero a veces olvidamos que también es vida.


No te pierdas más historias de Ligera de Equipaje solo en ArgosLatino.com


Share Post

Leer artículos destacados