Ryan Coogler no hizo una película de vampiros. Hizo una meditación sobre la memoria cultural afroamericana y ganó 4 premios Oscar para probarlo.
Por Chava Chávez
Crítico a Domicilio
“I know the truth hurts, yes, I lied to you
I love the blues, I love the blues”
I Lied to You
Ya he hablado en esta columna del libro de Jacques Derrida Los espectros de Marx (1993), a propósito de películas y series donde las presencias espectrales siguen rondando nuestros imaginarios. Para Derrida, los espectros son huellas del pasado que continúan habitando el presente. El filósofo propone algo muy sugestivo: toda sociedad vive acompañada por fantasmas que son restos de historias inconclusas, injusticias no resueltas, memorias que insisten en regresar. En otras palabras, el pasado nunca desaparece del todo. También su crítico a domicilio ha abordado en este espacio el mito de Drácula: desde el clásico de F. W. Murnau, Nosferatu (1922), hasta la reciente versión de Luc Besson. Todo esto viene a cuento porque Sinners (2025) —la película escrita y dirigida por Ryan Coogler que ganó 4 premios Oscar este pasado 15 de marzo— puede leerse muy bien a la luz de esa intuición derridiana: el blues aparece como una forma de convocar a los fantasmas de las comunidades afroamericanas del sur de Estados Unidos. La película se inscribe, sí, en la tradición del cine de vampiros, pero lo hace sobre todo para traer a presencia la memoria cultural del blues.
Ambientada en el Delta del Misisipi en la década de 1930, Sinners sigue a Sammie Moore (interpretado por el músico Miles Caton), un joven guitarrista cuya vida gira en torno al blues que suena en los juke joints de la región, esos bares rurales donde la música y la comunidad se encuentran al caer la noche. Los gemelos Elijah “Smoke” y Elias “Stack” Moore (ambos interpretados por Michael B. Jordan, ganador del Oscar), primos de Sammie, llegan con dinero robado a la mafia de Chicago con la intención de abrir un salón de baile para la comunidad afroamericana del lugar.
Michael B. Jordan interpreta a los hermanos gemelos, Smoke and Stack, en "Sinners", ambientada en el Misisipi de los años 30. Jordan ganó el Oscar por esta actuación.
Para poner en marcha el negocio reclutan a varios personajes del área: el pianista Delta Slim (Delroy Lindo) y la cantante Pearline (Jayme Lawson) como artistas; Annie (Wunmi Mosaku), la esposa separada de Smoke, como cocinera; los comerciantes chinos locales Grace (Li Jun Li) y Bo Chow (Yao) como proveedores; y el trabajador agrícola Cornbread (Omar Benson Miller) como portero. Mientras tanto, Stack se reencuentra con su exnovia Mary (Hailee Steinfeld), de quien siempre ha estado enamorado.
Hailee Steinfeld como Mary en "Sinners". El personaje, una mujer white-passing (que pasa por blanca), conecta el mundo exterior con el bar de blues.
Casi toda la acción se desarrolla durante la noche de apertura del club de blues, cuando un grupo de figuras vampíricas encabezadas por Remick (Jack O’Connell) intenta irrumpir en el local. Vemos por primera vez a Remick (un vampiro de origen irlandés) cuando huye de un grupo de indígenas choctaw que intentan capturarlo. Siguiendo la convención vampírica instaurada por Bram Stoker en su novela sobre Drácula, Remick y sus seguidores no pueden entrar al bar sin ser antes invitados por alguien que se encuentre dentro. De esta manera, el salón de baile funciona como un espacio comunitario, casi como un refugio colectivo. El juke joint no es solo un bar donde se escucha música; es un espacio donde la memoria cultural del blues se mantiene viva. La prohibición que detiene a Remick y a sus seguidores en la puerta funciona así como una metáfora de protección colectiva: el mundo de los vivos se resiste a dejar entrar a quienes pertenecen al reino de los muertos.
Los vampiros permanecen afuera, aguardando una invitación que les permita cruzar el umbral.
Remick (Jack O’Connell en el centro) como el vampiro que intenta entrar al bar de blues.
Por eso Remick recurre a la seducción y al engaño para poder acceder a ese espacio protegido. Su mayor interés es Sammie, a quien intenta reclutar para su propia comunidad de no muertos. En ese momento, Sinners hace alusión a una vieja leyenda del blues: la del músico que adquiere su talento después de un pacto diabólico. No es casualidad que el personaje de Sammie parezca inspirado en Robert Johnson, que —según el mito popular— obtuvo su extraordinario talento tras vender su alma al diablo en un cruce de caminos del Delta del Mississippi.
El juke joint que aparece en la película puede entenderse como una especie de iglesia profana del blues. Durante décadas, muchos predicadores del sur estadounidense denunciaron este tipo de lugares como espacios de perdición donde circulaban el alcohol, el baile y una música considerada pecaminosa. Frente a la solemnidad del templo y el canto del góspel, el blues parecía pertenecer al mundo del deseo y de la noche. Sin embargo, en la práctica, estos bares rurales funcionaron también como lugares de reunión comunitaria donde la población afroamericana podía descansar, celebrar y narrar su propia experiencia histórica. Vista desde esta perspectiva, hay una secuencia que adquiere una dimensión casi ritual: la música convoca a la comunidad, pero también a los espectros de un pasado marcado por la esclavitud, la segregación y la violencia racial. El blues aparece entonces como una liturgia secular: una forma de transformar el dolor histórico en memoria compartida.
Invito a nuestros argonautas a ver la secuencia aqui:
La secuencia ocurre alrededor del minuto 56, cuando Sammie (Miles Caton) interpreta “I Lied to You”, canción coescrita por Ludwig Göransson y Raphael Saadiq. Annie (Wunmi Mosaku), en su función de narradora, explica en voz en off el poder espiritual de los músicos para evocar espíritus del pasado y del futuro. En un largo plano secuencia, mientras Sammie canta acompañado por un DJ de hip-hop, la cámara serpentea entre músicos, bailarines y cuerpos en trance colectivo. Como si la música atravesara el tiempo, aparecen figuras de distintas generaciones de la música afroamericana: ecos del blues rural, gestos del jazz temprano y movimientos que anuncian el soul, el rock y el hip-hop. Bajo la lógica espectral que Jacques Derrida describe en Espectros de Marx, el blues deja de ser una simple música nocturna para convertirse en un médium que convoca a los fantasmas de su propia tradición; es decir, se manifiesta como la raíz genealógica de todo ese legado.
En esa invocación reside una de las intuiciones más profundas de la película: que la música nacida del dolor histórico no pertenece a una época cerrada, sino que sigue circulando como una presencia viva, insistente, casi sobrenatural. Como ocurre con los espectros (o con los vampiros del viejo cine gótico) aquello que la historia no logra enterrar del todo siempre encuentra la manera de volver. Los espectadores sentimos que estamos dentro de ese espacio donde la cámara y la música fluyen sin interrupción, creando una experiencia casi física del blues.
Quizá por eso Sinners resulta una película tan sugerente. Más allá de su trama de vampiros, lo que Ryan Coogler pone en escena es una meditación sobre la persistencia de la memoria cultural. Como los espectros de los que hablaba Derrida, el blues vuelve una y otra vez para recordarnos que el pasado no se disuelve en el tiempo. En cada acorde sobreviven las experiencias históricas de quienes lo crearon: el trabajo en los campos, la segregación, la violencia, pero también la celebración y la comunidad. Es decir, el blues aparece como otra forma de presencia espectral: la música en la que siguen resonando las experiencias históricas de las comunidades afroamericanas del sur de Estados Unidos.
Los cuatro premios Oscar obtenidos son, sin duda, merecidos. Destacan el galardón al Mejor Actor para Michael B. Jordan por su doble interpretación de los gemelos Smoke y Stack Moore, y el de Mejor Guion Original para Ryan Coogler. Mención especial merece Autumn Durald Arkapaw, que hace historia en Mejor Fotografía como la primera mujer y persona afroamericana en ganar la estatuilla. El premio por Mejor Banda Sonora Original fue para Ludwig Göransson. Es una película que no se deben perder.
Disponible en HBO Max
