Valor sentimental: el poder de una mirada en el cine de Joachim Trier

La cinta danés-noruega ganadora en Cannes y nominada al Oscar convierte el silencio en lenguaje y la reconciliación familiar en una experiencia profundamente cinematográfica.

Por Chava Chávez

Crítico a Domicilio


Valor sentimental (Sentimental Value), de Joachim Trier, cineasta danés-noruego, es un drama cautivador sobre el distanciamiento familiar. La película se ha convertido en una de las obras más aclamadas de la temporada 2025-2026. Ganó el Gran Premio del Jurado en Cannes, consolidando de entrada su prestigio. Meses después, llegó a la carrera del Oscar con paso firme: tiene nueve nominaciones, entre ellas Mejor Película Internacional y Mejor Película.


El drama se centra en el renombrado cineasta Gustav Borg (Stellan Skarsgård), que intenta volver a trabajar después de varios años de inactividad. El director tiene dos hijas: Nora (Renate Reinsve), actriz de teatro profundamente marcada por el abandono paterno, la depresión y la inseguridad tras la separación de sus padres; y Agnes (Igna Ibsdotter Lilleeaas), casada y con un hijo pequeño, más serena y menos confrontativa. Cuando Nora se niega a participar en la nueva película de Gustav —escrita especialmente para ella—, él recurre a una actriz estadounidense, Rachel Kemp (Elle Fanning), que enfrenta dificultades para encarnar a un personaje que no comprende del todo. A grandes rasgos, esta es la línea narrativa de la cinta, cuyo guion escribieron Joachim Trier y Eskil Voght.

Nora (Renate Reinsve) y Agnes (Igna Ibsdotter Lilleeaas).

Valor sentimental está construida sobre silencios y miradas. La muerte de la exesposa es el motivo que impulsa a Gustav a regresar a la vida de sus hijas. En el velorio, Nora y Agnes —vestidas de negro— se mueven por la casa atendiendo a los visitantes. De pronto, Gustav aparece y desestabiliza a ambas, especialmente a Nora. Intercambian saludos incómodos. La tensión es palpable: está en las miradas. Entendemos, entonces, que se trata de una familia atormentada por el pasado, por un padre ausente que ahora busca reconstruir una conexión. Es la historia de una paternidad fallida y de una posible reconciliación.


Resulta significativo que sea a través del arte —el proyecto cinematográfico de Gustav, centrado en su madre, víctima de la ocupación alemana en la Segunda Guerra Mundial— que el director intenta conseguir el perdón de su hija mayor. Dicho de otro modo: Gustav busca reencontrarse con Nora mediante el único lenguaje en el que confía: el cine. 

Gustav Borg (Stellan Skarsgård) intenta recuperar a su hija Nora (Renate Reinsve).

Un elemento esencial es la casa de la familia Borg en Oslo. Mucho más que un simple escenario, se convierte en un hilo emocional propio, un espacio donde los recuerdos flotan incesantemente. Es una casa habitada por fantasmas como Karin (Vilde Soyland), la madre de Gustav, que terminó con su propia vida cuando él era apenas un niño. En pocas palabras, la casa es un personaje más: una estructura de madera de varios pisos, con frontones inclinados, ejemplo llamativo de un estilo arquitectónico noruego de principios del siglo XX conocido como “dragestil” (estilo dragón). Un espacio doméstico que funge como testigo silente de la historia familiar de por lo menos tres generaciones.


El retorno de Gustav al hogar es el detonante para hacer un ajuste de cuentas: los muebles, las fotografías, los objetos cotidianos actúan como resortes emocionales, como resquicios de la memoria. No es casual que la cámara recorra libremente la casa —cuarto por cuarto, de día o de noche, en verano o en invierno— creando una atmósfera de ensueño, casi surreal. La casa funciona como depósito de la memoria y, al mismo tiempo, su arquitectura es reflejo de la propia familia: con sus grietas, ventanas cerradas y habitaciones que ya no se comunican.

La casa se convierte en un personaje en la historia.

Es inevitable pensar en el paralelismo entre Valor sentimental y Hamnet (Chloé Zhao, 2025) respecto al arte como forma de sanación, ora por la pérdida de un hijo, ora por el abandono de un padre. No se trata de una visión redentora del arte, sino de avanzar un paso en el proceso de duelo o en la reconciliación familiar. En Hamnet, el momento que marca la sanación no ocurre en el discurso, sino en el gesto: cuando Agnes (Jessie Buckley) toca las manos de Hamlet, la mirada de ella concentra lo que ya no necesita decirse. Más exactamente: la sanación no es una epifanía verbal, sino un acto mínimo, corporal. Y este gesto nos conecta con la mirada final entre padre e hija en Valor sentimental. No hay palabras entre ellos. Así, el cine nos dice Joachim Trier, es un arte que confía en el silencio para expresar lo esencial. 

Agnes (Jessie Buckley) toca las manos de Hamlet.
La mirada de Nora que lo dice todo en Valor sentimental.

Todo indica que Sentimental Value se encamina a ganar el Oscar a Mejor Película Internacional. No porque ofrezca respuestas grandilocuentes, sino porque apuesta por algo más raro y quizá más necesario: la posibilidad de una reconciliación mínima, articulada apenas con una mirada. Tiene, además, un elenco de primer orden, encabezado por Stellan Skarsgård, cuya actuación es excepcional. Recordemos que ganó el Globo de Oro como Mejor Actor de Reparto y está nominado al Oscar en esta categoría. Renate Reinsve se consolida como una actriz internacional destacada que opta al galardón. Sin embargo, creo que Jessie Buckley se llevará la estatuilla por su papel de Agnes Hathaway en Hamnet. Elle Fanning, cuyo nombre también figura, ha recibido elogios por su actuación íntima y compleja como Rachel, la actriz que acepta el papel rechazado por Nora. Para completar el cuadro, Igna Ibsdotter Lilleeaas —la hija menor, más conciliadora— también ha sido reconocida con una nominación. En suma, este elenco fuera de serie amplía los horizontes artísticos de Valor sentimental.

¿Podría ganar el Oscar a la Mejor Película? Es una posibilidad. Ya tenemos un antecedente: Parásitos (Parasite, 2019), de Bong Joon-ho, que hizo historia al ganar cuatro estatuillas, incluyendo Mejor Película Extranjera y Mejor Película, convirtiéndose en la primera cinta de habla no inglesa en obtener este máximo galardón. ¿Podría Valor sentimental conseguir algo similar? Este crítico a domicilio considera que hay tres filmes con posibilidades reales: Hamnet, Valor sentimental y Una batalla tras otra (One Battle After Another, Paul Thomas Anderson, 2025).


En lo personal, yo quisiera que ganara Hamnet, una de las cintas más conmovedoras que he visto en muchos años. Para esta columna escribí un comentario muy elogioso al cual remito a nuestros argonautas. Sin embargo, recibió algunas críticas por su tono melodramático. Si la cinta de Chloé Zhao se impusiera, el mensaje sería claro: la Academia validaría un cine que privilegia la sanación personal mediante el arte. En cambio, si Una batalla tras otra consiguiera la estatuilla, la Academia estaría apostando por una película de carácter político y de resistencia en el contexto de la presidencia de Trump. Ese contexto podría jugar a su favor; sin embargo, la Academia no siempre quiere verse como una institución militante.

Y aquí es donde Valor sentimental tiene una carta fuerte: podría convertirse en la tercera vía si la Academia se divide entre las otras dos películas. Pesará mucho que la cinta use al cine mismo como vía de reconciliación entre padre e hija, convirtiéndose en una carta de amor al medio. Sería un espaldarazo para un cine de autor, inteligente y minucioso, que aún confía en la fuerza silenciosa de una mirada.


Así las cosas, estimados argonautas, la moneda está en el aire. 



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