Anne Hathaway, Stanley Tucci, Meryl Streep y Emily Blunt regresan en una secuela que llega en el momento exacto. Lo que hace clásica a la original y por qué nadie puede ignorar su regreso.
Este 1 de mayo de 2026, The Devil Wears Prada 2 llega a los cines de Estados Unidos. Veinte años después de que Miranda Priestly entrara a una oficina y lo cambiara todo con un susurro, el mundo del entretenimiento lleva meses en modo obsesión. El tráiler del teaser rompió récords con 181 millones de vistas en sus primeras 24 horas. El tráiler oficial superó los 222 millones en un día, el más visto en la historia de 20th Century Studios. Lady Gaga grabó una canción original para la película junto a Doechii. Anna Wintour, la legendaria editora que inspiró a Miranda Priestly, anunció su retiro de Vogue justo cuando se confirmaba la producción de la secuela.
Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
Pero para entender por qué esta secuela tiene al mundo atrapado, hay que empezar desde el principio.
Por qué la original es un clásico
En el verano de 2006, The Devil Wears Prada llegó a los cines sin pretensiones de grandeza. Era una comedia dramática de presupuesto modesto, unos 35 millones de dólares, compitiendo en taquilla contra Superman Returns. Terminó recaudando 326 millones a nivel mundial. Pero los números son lo de menos.
Lo que hizo la película fue capturar algo que muy pocas obras logran: una verdad universal disfrazada de glamour. La historia de Andy Sachs, una periodista recién graduada que aterriza como asistente de la editora de moda más poderosa del mundo, no era realmente una historia de moda. Era una historia sobre el precio de la ambición. Sobre lo que estás dispuesto a sacrificar para llegar. Sobre el momento en que te miras al espejo y no reconoces a la persona que ves.
Cualquiera que haya tenido un jefe imposible entendió a Andy. Cualquiera que haya querido algo con desesperación entendió a Emily. Y casi todos, en algún momento, han sentido algo parecido a la admiración complicada que Andy siente por Miranda.
Porque Miranda Priestly no era la villana. Esa es la clave de todo.
Meryl Streep construyó un personaje que nunca grita, nunca pierde la compostura y nunca necesita defenderse. Su crueldad es quirúrgica. Su inteligencia es absoluta. Y en el fondo de toda esa frialdad hay una mujer que entiende exactamente el mundo en que vive y ha decidido dominarlo en sus propios términos. La audiencia la odia. La audiencia la admira. La audiencia la cita veinte años después.
Lo que dice de la moda y de nosotros
The Devil Wears Prada hizo algo que pocas películas sobre moda habían logrado: tomó la industria en serio sin tomarla demasiado en serio. Mostró la moda como lo que es, un sistema de poder, de identidad, de comunicación, sin caer en la burla fácil ni en la reverencia ciega.
El monólogo del suéter azul cerúleo es el ejemplo perfecto. Miranda le explica a Andy, con paciencia devastadora, que el color de ese suéter barato que ella cree elegir libremente fue decidido años antes en una pasarela de alta costura, filtrado por la industria, popularizado por las tiendas de departamentos y eventualmente democratizado hasta llegar a su clóset de persona común. Es una lección de economía cultural disfrazada de regaño. Y es la escena que más se cita hasta hoy.
Argonautas, disfruten una de las mejores escenas del cine moderno.
Por qué la secuela tiene al mundo fascinado
Meryl Streep, Anne Hathaway, Emily Blunt y Stanley Tucci regresan juntos. El mismo director, David Frankel. La misma guionista, Aline Brosh McKenna. Eso solo ya era suficiente para generar expectativa. Pero la secuela tiene algo más: un tema que en 2006 nadie podía anticipar y que en 2026 es la conversación central de toda la industria mediática.
Miranda Priestly enfrenta la caída del mundo editorial impreso. Runway, la revista más poderosa de la moda, lucha por sobrevivir en un ecosistema digital que devora todo lo que toca. Andy Sachs regresa como editora de contenido. Emily Charlton, la antigua primera asistente, ahora es ejecutiva de alto nivel en Dior y tiene en sus manos el financiamiento que podría salvar o hundir la revista.
Es una historia sobre el poder del periodismo frente al algoritmo. Sobre si la excelencia editorial puede sobrevivir en la era del scroll infinito. Sobre si Miranda Priestly, que siempre fue el estándar más alto de todo, tiene lugar en un mundo que prefiere lo rápido, lo barato y lo descartable.
La película llega a los cines el mismo día en que esta nota se publica. Justo antes del Met Gala, que se celebra el 4 de mayo. El timing no es casualidad.
Lo que dice de la audiencia
Que The Devil Wears Prada siga siendo referencia cultural dos décadas después dice algo muy específico sobre quiénes somos como audiencia. No somos solo consumidores de entretenimiento. Somos personas que necesitamos historias que nos digan algo verdadero sobre la ambición, el precio del éxito y la tensión entre quién queremos ser y quién terminamos siendo.
Y si 222 millones de personas vieron el tráiler de la secuela en un solo día, es porque ese drama humano sigue sin resolverse. Seguimos sin saber bien qué hacer con la ambición. Seguimos sin entender del todo a los Miranda Priestlys que aparecen en nuestras vidas. Y seguimos, en el fondo, preguntándonos si nosotros hubiéramos tomado las mismas decisiones que Andy.
El diablo vuelve a usar Prada. Y nosotros, veinte años después, volvemos a comprar el boleto.







