Cada vez que México aparece reducido a titulares noticiosos, siento una especie de duelo. Como si alguien estuviera describiendo a un ser querido únicamente por el peor día de su vida.
Por Isa G. Flores
Ligera de Equipaje
Este pasado domingo, muy temprano en la mañana, me despertaron los mensajes en mi chat familiar de WhatsApp. Algo estaba pasando en Guadalajara. Entré a redes e inmediatamente me enteré de que había narcobloqueos, vehículos incendiados, enfrentamientos y balaceras.
Y pensé… otra vez no.
Cada vez que México aparece reducido a titulares noticiosos, siento una especie de duelo. Como si alguien estuviera describiendo a un ser querido únicamente por el peor día de su vida.
Y no estoy negando los hechos. Sí, hay violencia. Sí, hay miedo. Sí, hay cosas que duelen profundamente. Pero hay una diferencia importante entre tomar precauciones y romper la conexión.
En un contexto de violencia, informarse, evitar ciertas zonas o modificar planes de viaje es razonable. Es, incluso, necesario. Pero convertir el miedo en una renuncia permanente, decidir que México ya no es un lugar al que se puede regresar, es otra cosa.
Es un rechazo.
Y ese rechazo no solo tiene consecuencias personales, sino también culturales y emocionales para quienes vivimos entre dos países. Para muchos que estamos fuera, regresar no es solo turismo. Es una forma de mantener intacta una parte esencial de nuestra identidad: ver a la familia, hablar nuestro idioma, vivir nuestras costumbres y tradiciones como no se puede desde lejos.
Con esto no estoy diciendo que haya que exponerse innecesariamente, pero sí que, como en cualquier país, hay que ejercer el sentido común. Ni todo México es inseguro, ni todo México está en paz.
La manera en que hablamos de México también tiene efectos concretos.
Cada vez que alguien decide no viajar, hay una cadena de impacto que rara vez se menciona: reservaciones que no se hacen, restaurantes, guías turísticos, pequeños hoteles familiares que dependen de ciertos meses del año para sostenerse el resto.
En ciudades como Guadalajara, donde una parte importante de la economía local está vinculada al turismo nacional e internacional, la percepción de inseguridad puede ser tan determinante como la inseguridad misma. No todos los negocios tienen el margen para sobrevivir a una ola de cancelaciones motivadas por imágenes virales o titulares alarmantes.
Contrarrestar ese miedo no significa ignorar la realidad ni minimizar los riesgos. Significa, en muchos casos, aprender a relacionarse con la información de otra manera: distinguir entre hechos verificados y contenido viral, consultar fuentes locales, hablar con quienes viven ahí para entender el contexto cotidiano más allá de un momento de crisis.
Verificar lo que vemos en redes hace una diferencia enorme. Por ejemplo, el aeropuerto de Guadalajara no estaba tomado por el crimen organizado ni se incendiaron aviones, aunque muchas publicaciones lo sugerían. Incluso yo caí, por momentos, en esa confusión.
Por eso, es importante tomar decisiones informadas: viajar con precaución, elegir rutas seguras, mantenerse actualizado sobre la situación en determinadas zonas.
Para quienes vivimos fuera, la relación con México siempre implica un balance.
Por un lado, está la responsabilidad de mantenernos informados, de reconocer que la violencia existe y de no romantizar realidades que afectan todos los días a millones de personas. De entender que hay quienes no tienen la opción de irse cuando las cosas se ponen difíciles.
Pero también está la conexión. Esa que no se rompe cuando cambias de país. La que te hace seguir regresando, aunque otros ya hayan decidido que no vale la pena. La que se sostiene en decisiones que parecen pequeñas, pero que, en conjunto, mantienen viva una relación económica, cultural y emocional con el lugar del que vienes.
Yo no he dejado de viajar a México todos estos años. Pero sí tomo las precauciones
necesarias: hay lugares a los que no voy, trato de no manejar de noche en carretera y, cuando salgo, investigo bien a dónde voy a ir.
No pienso dejar de visitar Guadalajara, ni México en general.
Allá está mi corazón.
En octubre llevé los restos de mi madre. Desde entonces, hay una parte de mí que vive permanentemente en esa tierra. Por eso, cuando veo estas imágenes, cuando escucho que otros mexicanos dicen que ya no quieren volver, mi corazón se llena de una profunda tristeza.
Porque viajar a México, para mí, siempre será una forma de regresar a casa.
