“Solo el público puede crear una estrella.
Los estudios son los que intentan convertir eso en un sistema”.
Marilyn Monroe
Las fotografías de la exhibición que aparecen en este artículo fueron tomadas por Chava Chávez, nuestro Crítico a Domicilio.
Después de revisar sus películas más emblemáticas en las entregas anteriores, esta tercera parte nos lleva a explorar el impacto de su legado en el presente. Marilyn Monroe nació el 1 de junio de 1926 en Los Ángeles, California, bajo el nombre de Norma Jeane Mortenson. Para conmemorar el centenario de una de las figuras más emblemáticas de la era clásica del cine, el Museo de la Academia de Cine (Academy Museum of Motion Pictures) abrió al público la exhibición Marilyn Monroe: Icon of Hollywood, una extraordinaria muestra que reúne cientos de objetos personales de la estrella: cartas, documentos, fotografías, vestuario original, guiones y secuencias de sus películas, algunos de ellos exhibidos por primera vez. Su Crítico a Domicilio tuvo la fortuna de recorrer esta exposición y compartir con ustedes algunas imágenes tomadas durante la visita.

Nuestro Crítico a Domicilio, Chava Chávez.
Más allá del glamour y de la fascinación que siguen despertando sus películas, la muestra plantea una pregunta fundamental: ¿cómo se construyó Marilyn Monroe? Durante décadas se ha repetido la idea de que Hollywood fabricó a la estrella y la convirtió en un símbolo de belleza y sensualidad. Sin embargo, los objetos reunidos en la exhibición cuentan una historia más compleja. Vestidos, sesiones fotográficas, apariciones promocionales y documentos personales revelan a una mujer profundamente involucrada en la creación de su imagen pública, consciente del poder de los medios y capaz de intervenir activamente en la construcción del personaje que terminaría por convertirse en un ícono global.
Marilyn murió la noche del 4 de agosto de 1962, a la temprana edad de treinta y seis años. Sin embargo, más de seis décadas después, su memoria sigue viva. La exposición permite comprender por qué: detrás del mito se encontraba una artista que entendió como pocas personas los mecanismos del estrellato moderno. Las piezas de vestuario, fotografías y fragmentos de películas que hoy se exhiben en el museo no sólo recuerdan a una actriz famosa; muestran el proceso mediante el cual Norma Jeane se transformó en Marilyn Monroe.

Los admiradores de Marilyn Monroe visitando la exhibición en el Museo de la Academia (Los Ángeles).
Los objetos reunidos en la exhibición permiten seguir ese proceso en tres registros distintos: el vestuario, que revela cómo Marilyn convirtió el diseño en un lenguaje; la fotografía, que muestra cómo construyó su presencia más allá de la pantalla; y las películas, donde todo eso se fusiona en una actuación. Recorrer la muestra es asistir, pieza por pieza, a la fabricación de un ícono.
Los diseños originales que utilizó Marilyn en varias de sus películas son, sin duda, uno de los principales atractivos de la exhibición. Más que simples prendas, estos atuendos permiten comprender cómo la actriz participó en la configuración de una identidad visual que redefinió el glamour hollywoodense de la postguerra. La muestra revela hasta qué punto Marilyn comprendía la importancia del diseño, la fotografía y la puesta en escena como elementos fundamentales de su éxito.
Uno de los objetos más impresionantes es el célebre vestido rosa que utilizó en Los caballeros las prefieren rubias (Gentlemen Prefer Blondes, Howard Hawks, 1953). Diseñado por William Travilla para el número musical “Diamonds Are a Girl’s Best Friend”, el vestido se convirtió en uno de los diseños más reconocibles de la historia del cine. Su intenso color rosa, los largos guantes a juego y la sofisticación de su corte contribuyeron a crear una imagen que continúa siendo imitada y reinterpretada más de setenta años después. Lo interesante es que la prenda no funciona únicamente como un hito de la moda; forma parte de una compleja construcción estética en la que Marilyn combinó sensualidad, humor y elegancia. La secuencia transformó a la actriz en un referente obligado y consolidó una imagen pública cuidadosamente elaborada que todavía hoy define buena parte de lo que entendemos por una estrella de Hollywood.

El icónico vestido rosa.
Otro de los grandes atractivos de la exhibición son los numerosos retratos fotográficos que recorren las paredes de la galería. No es una exageración afirmar que Marilyn Monroe fue una de las personas más fotografiadas del siglo XX. Décadas después de su muerte, sus imágenes continúan circulando en revistas, documentales, películas, campañas publicitarias y redes sociales, prueba de que su impacto visual permanece intacto. La exposición permite apreciar cómo la fotografía fue uno de los instrumentos fundamentales mediante los cuales Marilyn construyó y consolidó un fenómeno cultural global.
Entre los retratos más llamativos se encuentran algunos relacionados con una de las controversias más conocidas de su carrera. En 1949, cuando todavía era una actriz desconocida que luchaba por abrirse camino en la industria, Marilyn posó desnuda a cambio de una modesta suma de dinero. En aquel momento apenas obtenía pequeños papeles y atravesaba dificultades económicas. Años después, cuando ya se había convertido en una estrella, aquellas imágenes comenzaron a circular nuevamente en la prensa y adquirieron una enorme notoriedad pública.
La polémica alcanzó su punto máximo en 1953, cuando Hugh Hefner reprodujo las fotografías en el primer número de Playboy sin solicitar autorización a la actriz. Los ejecutivos del estudio para el que trabajaba le recomendaron negar que ella fuera la mujer retratada. Sin embargo, Marilyn tomó una decisión inesperada para la moral conservadora de la época: admitió públicamente que las imágenes eran auténticas y explicó las circunstancias en que habían sido tomadas. Su honestidad fortaleció el vínculo con el público de una manera que ninguna estrategia de los estudios habría logrado.

De la serie “Sueños dorados” que se vendió a una empresa de calendarios.
Entre las numerosas piezas exhibidas destaca también una réplica del célebre vestido blanco que Marilyn utilizó en The Seven Year Itch (La comezón del séptimo año, Billy Wilder, 1955). Se trata de una de las imágenes más reconocibles de la historia del cine y, probablemente, de la fotografía que mejor resume el fenómeno cultural llamado Marilyn Monroe. La escena nació como una estrategia publicitaria. La noche del 15 de septiembre de 1954, decenas de fotógrafos y periodistas se congregaron en la avenida Lexington de Nueva York para presenciar la filmación en la que una corriente de aire proveniente del metro levantaba el vestido de la actriz. Un sistema mecánico colocado bajo la rejilla producía el efecto mientras las cámaras registraban el momento desde distintos ángulos. Todo parecía fríamente planificado por los estrategas del estudio.
Sin embargo, lo que convirtió aquella captura en una imagen legendaria no fue el dispositivo de promoción, sino la reacción de Marilyn. En lugar de mostrarse avergonzada o incómoda, respondió con una mezcla de sorpresa, humor y espontaneidad que transformó una simple campaña en un acontecimiento cultural. Con la cabeza inclinada hacia atrás y una sonrisa radiante, proyectó una sensación de libertad y alegría que terminó cautivando al público de todo el mundo. Hollywood organizó la sesión, pero fue Marilyn quien la convirtió en leyenda. No resulta extraño, por ello, que el vestido se haya transformado en una de las piezas más valiosas de la cultura popular y que continúe siendo reproducido, homenajeado y reinterpretado en nuestros días.

La imagen dio vuelta al mundo y se convirtió en leyenda.

La réplica del vestido.
La exhibición no se limita a presentar vestuario, fotografías y objetos personales. Varias salas incluyen también fragmentos de las películas más importantes de Marilyn Monroe, permitiendo apreciar la extraordinaria presencia escénica que la convirtió en una de las figuras más admiradas de la historia del cine. Al ver estas secuencias resulta evidente que el magnetismo de la actriz no dependía únicamente de su belleza física. Había en ella una rara combinación de comicidad, vulnerabilidad, inteligencia y carisma que continúa cautivando a nuevas generaciones de espectadores.
Entre las películas destacadas se encuentra Una Eva y dos Adanes (Some Like It Hot, Billy Wilder, 1959), considerada por muchos críticos una de las mejores comedias de todos los tiempos. Protagonizada por Marilyn Monroe, Tony Curtis y Jack Lemmon, la cinta generó controversia en su momento debido a que dos músicos se disfrazan de mujeres para escapar de la mafia, una situación que algunos sectores conservadores consideraron escandalosa. También hubo quienes criticaron la sensualidad de los vestuarios utilizados por Marilyn. Sin embargo, el enorme éxito de la película demostró que las audiencias estaban preparadas para formas más modernas y transgresoras de humor.
La interpretación de Marilyn como Sugar “Kane” Kowalczyk constituye uno de los momentos culminantes de su carrera. Al observar los fragmentos proyectados en el museo resulta difícil no advertir que detrás del mito existía una intérprete de gran talento, capaz de apropiarse de cada escena con una naturalidad extraordinaria, como se puede apreciar en estos segundos de la secuencia donde interpreta “I Wanna Be Loved by You”, capturados durante el recorrido:
LA CRIPTA DE MARILYN
Sin embargo, la verdadera medida de la permanencia de Marilyn Monroe no se encuentra únicamente en las salas del museo. Para comprobarlo, decidí visitar el sitio donde descansa desde agosto de 1962. El Pierce Brothers Westwood Village Memorial Park es un pequeño cementerio situado en el corazón de Los Ángeles. Dos días antes, el 1 de junio de 2026, admiradores procedentes de distintas partes del mundo se habían congregado para celebrar el centenario de su nacimiento. Cuando llegué al cementerio, los vestigios de aquella conmemoración todavía eran visibles. Frente a la cripta se acumulaban decenas de rosas, arreglos florales, fotografías, cartas, libros, retratos y mensajes de cariño dejados por personas que viajaron desde lugares muy distintos para rendir homenaje a una mujer fallecida hace más de sesenta años. La escena resultaba conmovedora. Lo que tenía ante mis ojos no era simplemente una tumba, sino una especie de santuario espontáneo levantado por generaciones de admiradores.
La imagen contrastaba con la sencillez de la propia cripta. La placa de bronce apenas contiene un nombre y dos fechas: “Marilyn Monroe, 1926-1962”. Nada más. No hay referencias a Hollywood, a sus películas o a su condición de estrella internacional. Toda la grandeza del mito parece haber desaparecido. Y, sin embargo, las flores, las fotografías y las notas escritas a mano cuentan otra historia. Son los visitantes quienes completan lo que la inscripción no dice. Son ellos quienes continúan reconstruyendo, una y otra vez, la memoria de Marilyn.

Un pequeño santuario en honor a Marilyn. Foto: Chava Chávez.
Quizás lo que más me impresionó fue que la multitud ya se había marchado. El día del centenario debió de haber sido una auténtica peregrinación. Pero cuando yo llegué esa mañana radiante del 3 de junio apenas había dos o tres personas recorriendo el lugar. Aquella circunstancia me permitió permanecer unos minutos en silencio frente a la cripta. Después del bullicio habitual de Los Ángeles y de las salas concurridas del museo, encontré allí una inesperada atmósfera de silencio. Por un instante desaparecieron los reflectores, las alfombras rojas, los estudios de cine y las imágenes inmortales que han dado la vuelta al mundo. Mientras observaba las flores acumuladas frente a la placa, pensé en algo que la exhibición también sugiere: Hollywood ayudó a crear a Marilyn Monroe, pero ha sido el público quien la ha mantenido viva. Los vestidos y las películas explican el nacimiento del mito; las flores junto a su tumba explican su permanencia.
Antes de marcharme dejé una rosa junto a las demás. Era un gesto sencillo, casi insignificante frente a la enorme cantidad de homenajes que había recibido durante aquellos días. Sin embargo, mientras colocaba la flor comprendí que no estaba allí únicamente para recordar a la actriz que protagonizó Gentlemen Prefer Blondes, The Seven Year Itch o Some Like It Hot. Tampoco estaba pensando en el ícono reproducido hasta el infinito en carteles, fotografías y museos. Por un instante pensé en Norma Jeane, la mujer que existió detrás del personaje.

Una rosa para Marilyn. Foto: Chava Chávez.
Al abandonar el cementerio tuve la sensación de haber completado un recorrido singular. Días antes había contemplado en el museo el proceso mediante el cual Norma Jeane se transformó en Marilyn Monroe. Frente a la cripta, en cambio, ocurrió el movimiento contrario. Detrás del mito, de la estrella y del ícono de Hollywood, reapareció fugazmente la persona. Quizás por eso, cien años después de su nacimiento, Marilyn Monroe continúa despertando tanta admiración. Porque detrás de una de las imágenes más famosas del siglo XX todavía podemos reconocer el rostro profundamente humano de Norma Jeane.
ARTÍCULOS RELACIONADOS











