Lo más importante
- Christopher Nolan reinterpreta La Odisea como una historia sobre la culpa, la memoria y las consecuencias morales de la guerra, más que como una epopeya de aventuras.
- Matt Damon encarna a un Odiseo profundamente humano, perseguido por los recuerdos de la destrucción de Troya y no únicamente por los peligros de su viaje hacia Ítaca.
- La película establece un poderoso diálogo con Oppenheimer, al presentar a dos protagonistas obligados a enfrentar el costo humano de sus propias victorias.
- Para Chava Chávez, el caballo de Troya funciona como la “bomba atómica” del mundo antiguo, símbolo de una inteligencia capaz de cambiar la historia, pero también de destruir la conciencia de quien la creó.
- Más que una adaptación fiel del poema de Homero, Nolan propone una lectura contemporánea donde el verdadero viaje de Odiseo consiste en intentar regresar a sí mismo después del horror de la guerra.
En su adaptación de La Odisea, Christopher Nolan transforma el regreso del héroe griego en una reflexión sobre la guerra, la culpa y el precio moral de la victoria.
Háblame, Musa, de aquel varón de gran ingenio…
Homero
Durante casi tres mil años, Odiseo fue recordado como el hombre más astuto de la antigüedad. El héroe que, gracias al ardid del caballo de Troya, puso fin a una guerra que se había prolongado durante diez años y aseguró la victoria de los griegos. Christopher Nolan, sin embargo, decide mirar a ese héroe desde otro lugar. En su extraordinaria adaptación de La Odisea, estrenada en salas el pasado 17 de julio en formato IMAX y 70 mm, el director inglés transforma la epopeya del regreso en un drama de la conciencia. Su Odiseo ya no sólo lucha por volver a Ítaca: intenta sobrevivir al recuerdo de aquello que hizo para conquistar Troya.

Matt Damon como Odiseo (La Odisea, Nolan, 2026).
Atribuida a Homero y transmitida originalmente de forma oral, La Odisea es una de las piedras fundacionales de la literatura occidental. Ningún otro relato antiguo convirtió el regreso al hogar en una aventura tan universal. Odiseo —Ulises en la tradición latina— es el antepasado de todos los viajeros: astuto, seductor, temerario y dueño de un ingenio inagotable, logra sobrevivir allí donde cualquier otro habría perecido. Después de la caída de Troya emprende el accidentado viaje hacia Ítaca, donde lo esperan su esposa Penélope y su hijo Telémaco. Mientras ella teje y desteje el mismo sudario para contener a los pretendientes que desean apoderarse del reino, él atraviesa un mundo poblado de monstruos, tempestades, hechizos y naufragios.
A grandes rasgos, Nolan respeta la estructura del poema homérico. Matt Damon interpreta a un Odiseo envejecido y errante, cuya larga ausencia ha dejado a su familia al borde del colapso. Anne Hathaway construye una Penélope de enorme dignidad y fortaleza, mientras Tom Holland ofrece un Telémaco que debe aprender a convertirse en hombre sin la presencia del padre. Los episodios clásicos —Calipso, el Cíclope, Circe, las sirenas, Escila y Caribdis— aparecen reinterpretados con la espectacularidad visual que caracteriza al director, aunque nunca constituyen el verdadero centro de la historia.

Anne Hathaway como Penélope (La Odisea, Nolan, 2026).
Los dioses tampoco aparecen en el sentido tradicional —sentados en el Olimpo, entregados a sus intrigas y caprichos—, sino a través de sus manifestaciones sobre la naturaleza. Las tormentas, el mar y los fenómenos naturales sustituyen la intervención directa de las divinidades. Hay que agradecerle a Nolan que nos haya ahorrado una versión griega de Thor (Kenneth Branagh, 2011). La única diosa que adquiere una presencia humana es Atenea, interpretada por Zendaya, quien adopta el rostro de la joven sacerdotisa sacrificada durante la noche en que Troya fue arrasada.

Matt Damon como Odiseo y Zendaya como Atenea (La Odisea, Nolan, 2026).
Pero el enemigo más peligroso de Odiseo ya no habita en las islas ni en las profundidades del mar. Habita en su memoria. Esa es, desde mi punto de vista, la gran aportación de Christopher Nolan. Si Homero escribió el poema del regreso, Nolan filma el regreso de un hombre incapaz de reconciliarse consigo mismo. La guerra ha terminado, pero continúa librándose dentro del héroe.
No deja de resultar significativo que esta sea la película que Nolan realiza después de Oppenheimer (2023). En aquella cinta, el director exploró el dilema moral de J. Robert Oppenheimer (Cillian Murphy), el científico que, tras dirigir el Proyecto Manhattan, comprendió que había contribuido a crear un arma capaz de destruir el mundo. En una de las secuencias más memorables, el físico recuerda las palabras del Bhagavad Gita: “Ahora me he convertido en la Muerte, el destructor de mundos” (véase la reseña que hice de esta película en este espacio). La resonancia con La Odisea resulta evidente.

Toda la película parece preguntarse qué ocurre cuando un hombre contempla el precio de su propia victoria. La mirada de Odiseo frente a las ruinas de Troya ocupa, dentro de esta adaptación, el mismo lugar simbólico que el rostro de Oppenheimer frente al resplandor de la explosión nuclear. Ambos descubren que el instante de su mayor triunfo coincide también con el nacimiento del remordimiento. En ese sentido, el caballo de Troya deja de ser únicamente una brillante estrategia militar. Nolan lo convierte, simbólicamente, en la bomba atómica del mundo antiguo: el artefacto que inaugura una nueva forma de destrucción y transforma para siempre la vida interior de quien lo concibió.

El caballo de Troya (La Odisea, Nolan, 2026).
Aquí es donde Nolan se aparta con mayor libertad del universo homérico. La épica de Homero privilegia la acción heroica y el destino colectivo antes que el examen psicológico de sus protagonistas. Para los antiguos griegos, vencer mediante la inteligencia constituía una virtud incuestionable. La destrucción de Troya era motivo de gloria, no de remordimiento. La adaptación ítalo-estadounidense de Ulysses (Mario Camerini, 1954), protagonizada por Kirk Douglas como Odiseo y Silvana Mangano como Penélope, conserva todavía esa visión heroica del personaje: su Odiseo nunca pone en duda la legitimidad de la victoria.

Silvana Mangano como Penélope (Ulysses, Mario Camerini, 1954).
Nolan, en cambio, introduce una sensibilidad profundamente moderna. Por momentos, su película parece dialogar con una de las intuiciones centrales de Friedrich Nietzsche en La genealogía de la moral (1887). El filósofo sostiene que la culpa, entendida como experiencia interior, pertenece al desarrollo de la moral moderna y no al universo heroico de la antigüedad. Las guerras eran celebradas como demostraciones de fuerza y grandeza; la subjetividad individual todavía no ocupaba el lugar central que adquiriría siglos después. La película traslada precisamente esa sensibilidad moderna al héroe antiguo.
Una de las secuencias más conmovedoras ocurre cuando Odiseo, disfrazado de mendigo, conversa con Penélope sobre la noche en que cayó Troya. Mientras sus palabras reconstruyen el saqueo de la ciudad, Nolan introduce un largo flashback donde el héroe deambula entre templos incendiados, cadáveres y un paisaje consumido por las llamas. Ya no contempla una victoria: contempla una catástrofe. El eco es todavía más preciso de lo que parece a primera vista con el filme anterior. En el saqueo de Troya, Nolan filma la decapitación de la estatua de Atenea —contigua, en el montaje, a la caída de la sacerdotisa que interpreta Zendaya—; en Oppenheimer, durante el discurso en el gimnasio de Los Álamos, el físico alucina el rostro de una mujer deshaciéndose bajo el resplandor de la bomba. En ambas escenas, la culpa del héroe elige la misma imagen para materializarse: el cuerpo de una mujer destruido por la violencia que él mismo hizo posible.

La destrucción de Troya (La Odisea, Nolan, 2026).
Aun más: la mirada de Matt Damon observando el incendio de Troya encuentra un extraordinario eco en el rostro de Cillian Murphy viendo elevarse el hongo nuclear sobre el desierto de Nuevo México. En ambos casos, el instante de la gloria coincide exactamente con el nacimiento del remordimiento. Esa es la verdadera odisea de Nolan. Los monstruos, las tempestades y los naufragios son apenas las pruebas visibles de un conflicto mucho más profundo, acaso revelado por el canto de las sirenas en otra secuencia memorable, enmarcada por la música inolvidable de Ludwing Göransson. El viaje de regreso ya no consiste únicamente en atravesar el Mediterráneo para volver a Ítaca; consiste, sobre todo, en intentar regresar a uno mismo después de haber conocido el horror de la guerra.
Homero escribió la epopeya del héroe vencedor. Christopher Nolan filma la tragedia del vencedor que ya no puede dejar de mirar las ruinas que dejó detrás. Es, después de todo, la misma mirada que hoy reconocemos en quien regresa de cualquier guerra sin haber regresado del todo. Y en esa mirada —dolorosa, silenciosa, irrevocable— el cine contemporáneo encuentra una de las lecturas más inteligentes y conmovedoras que se han hecho de un clásico de casi tres mil años.











