La La Land cumple 10 años: recorremos sus icónicas locaciones en Los Ángeles

Del Observatorio Griffith al Lighthouse Café y el muelle de Hermosa Beach, un recorrido por los lugares donde La La Land convirtió a Los Ángeles en la verdadera ciudad de las estrellas.

CITY OF STARS
“Are you shining just for me?”

En esta ocasión, su crítico a domicilio salió de su domicilio para internarse en la geografía de La La Land, la película de Damien Chazelle que está llegando a su décimo aniversario. Con motivo de la celebración, el filme ha regresado a algunas salas de cine en formato Dolby, lo que nos permite apreciar todavía mejor su música y su fotografía. La historia, como seguramente recordarán nuestros argonautas, se centra en dos soñadores: Mia (Emma Stone), una joven que aspira a convertirse en estrella de cine, y Sebastian (Ryan Gosling), un pianista obsesionado con el jazz que sueña con abrir su propio club. ¿Dónde podría desarrollarse una historia semejante sino en Los Ángeles? La ciudad de los sueños, la fábrica de ilusiones y, como nos recuerda una de las canciones más hermosas de la película, la “City of Stars”.

Mi celebración particular de este aniversario comenzó unos días atrás en el Greek Theatre, donde tuve oportunidad de asistir a “La La Land in Concert”, una proyección de algunas secuencias de la película acompañada por una enorme orquesta sinfónica y coros en vivo. La sorpresa fue todavía mayor al descubrir después que quien estaba al frente de aquella orquesta era nada menos que Justin Hurwitz, compositor de la música de La La Land y ganador de dos premios Óscar por su trabajo en el filme. El propio Hurwitz comentó durante el concierto que algunos de los músicos que lo acompañaban aquella noche habían participado también en la grabación original de la banda sonora. Diez años después, parte de aquella música volvía así a cobrar vida en Los Ángeles, interpretada ante nuestros ojos por algunos de sus propios creadores.


Justin Hurwitz (creador de la música original de La La Land) en acción. Greek Theatre, primero de agosto, 2026. 

Mientras contemplaba las imágenes en la pantalla y escuchaba aquella música interpretada en vivo, no pude evitar pensar con cierta nostalgia en los tiempos del cine mudo, cuando las películas eran acompañadas por músicos presentes en la sala. Pero lo que ocurría aquella noche no era simplemente un ejercicio de nostalgia. Había también algo profundamente renovador en escuchar la música de Hurwitz desplegada con toda la potencia de una gran orquesta y sus coros. La experiencia nos llevaba de un extremo emocional al otro: con “Another Day of Sun”, esa explosión de música y movimiento que abre la película en medio de un embotellamiento angelino, daban ganas de levantarse del asiento y ponerse a bailar; con “City of Stars”, en cambio, llegaban la intimidad y la melancolía. Posiblemente allí se encuentre una de las razones por las que La La Land conserva intacto su poder diez años después: nos hace oscilar continuamente entre la alegría y la nostalgia, entre los sueños que perseguimos y aquellos que, inevitablemente, vamos dejando atrás.

Quizá por eso, después del concierto, decidí que la mejor manera de continuar celebrando el aniversario sería salir a buscar La La Land por las calles de Los Ángeles y recorrer algunos de los lugares que Chazelle convirtió en parte de su geografía sentimental: el Observatorio Griffith, el Lighthouse Café, el muelle de Hermosa Beach, Angels Flight, las autopistas, las colinas. Para mí, ese itinerario tenía además un significado particular. Después de haber vivido más tiempo en Los Ángeles que en México, hace ya mucho que dejé de sentirme un visitante para considerarme también un angelino. Y pocas películas recientes han mirado esta ciudad con el enamoramiento con que lo hace La La Land. Si los grandes musicales del Hollywood clásico construían buena parte de sus mundos dentro de los estudios, Chazelle realiza aquí el movimiento contrario: sale a la ciudad y convierte Los Ángeles entero en un musical.

OBSERVATORIO GRIFFITH

La primera escala fue el Observatorio Griffith, uno de los lugares más emblemáticos de Los Ángeles y escenario de una de las secuencias centrales del romance entre Mia y Sebastian. Llegué poco antes de la llamada “hora mágica”, cuando el sol comienza a ocultarse y una tenue luz rojiza se derrama sobre la inmensidad de la ciudad. Desde allí podían distinguirse los edificios del “Downtown”, las colinas y, a lo lejos, el mítico letrero de “Hollywood”. Me sorprendió encontrar a tanta gente llegada, literalmente, de todas partes del mundo, reunida para contemplar el mismo espectáculo. No resulta difícil comprender por qué Chazelle escogió este lugar: en una película obsesionada con los sueños, el cine y las estrellas, el Griffith parece condensar en un solo espacio todo el imaginario de Los Ángeles.


El Observatorio Griffith es un famoso mirador y museo de ciencia que abrió sus puertas en 1935. Ha sido escenario de numerosas películas. 

Vista al atardecer del centro de Los Ángeles desde el observatorio Griffith. Foto de Chava Chávez. 

La elección del Griffith contiene además otro de los múltiples vasos comunicantes que La La Land establece con la historia del cine. Durante una de sus primeras citas, Mia y Sebastian acuden al viejo Rialto Theatre para ver Rebel Without a Cause (Nicholas Ray, 1955), la película protagonizada por James Dean y Natalie Wood que convirtió al propio observatorio en uno de sus escenarios más memorables. La referencia parece cumplir una doble función: por un lado, traer al presente aquel Hollywood de los años cincuenta que fascina a Sebastian, un personaje empeñado también en preservar el jazz del pasado; por otro, proporcionar a los enamorados el lugar perfecto para continuar su cita. Cuando la proyección se interrumpe, ambos deciden trasladarse al verdadero Griffith y, una vez dentro del planetario, Chazelle lleva la lógica del musical hasta sus últimas consecuencias: Mia y Sebastian dejan de caminar sobre Los Ángeles, comienzan a flotar entre las estrellas y terminan sellando su romance con su primer beso. La ciudad real se ha transformado definitivamente en fantasía cinematográfica.


Mia (Emma Stone) y Sebastian (Ryan Gosling) flotan mágicamente sobre las estrellas en La La Land (Damien Chazelle, 2016).

Todo parece confluir allí en un mismo campo de significados. Sobre nuestras cabezas están las estrellas del firmamento; a unos cuantos kilómetros, las estrellas que Hollywood fabrica desde hace más de un siglo; y frente a nosotros, Mia, una joven que ha llegado a Los Ángeles soñando precisamente con convertirse en una de ellas. No es casual que una de las canciones centrales de la película (“City of Stars”) se pregunte si las luces de esta ciudad brillan también para quienes todavía persiguen sus sueños. Desde lo alto del Griffith, contemplando cómo las primeras luces comenzaban a encenderse sobre Los Ángeles mientras desaparecía el sol, pensé que quizá ninguna otra locación de la película expresa con tanta claridad esa hermosa confusión entre estrellas, sueños, cine y ciudad que constituye el corazón mismo de La La Land.

LIGHTHOUSE CAFÉ

Mi siguiente escala me llevó hacia el sur, hasta Hermosa Beach, donde se encuentra el legendario Lighthouse Café. Apenas entrar se comprende por qué Chazelle eligió este lugar para una película en la que el jazz ocupa un papel tan importante. Desde 1949, cuando comenzaron allí las célebres sesiones de improvisación vinculadas al bajista Howard Rumsey y sus Lighthouse All-Stars, el pequeño club se convirtió en uno de los epicentros del West Coast jazz y por su escenario pasaron algunos de los grandes nombres del género (Charlie Parker, Miles Davis, John Coltrane, Dizzy Gillespie, entre otros). En La La Land, Sebastian lleva precisamente allí a Mia para tratar de explicarle su pasión por una música que ella confiesa no comprender. Mientras suena “Herman’s Habit”, con su vertiginoso diálogo entre piano, contrabajo, batería y metales, Seb le pide que observe a los músicos: cada uno improvisa, compite y coopera al mismo tiempo. Para él, aquello no es simplemente música: es algo vivo que corre el peligro de desaparecer y que, según afirma, alguien tiene que salvar.

Aquí pueden ver un breve video del Lighthouse Cafe que yo tomé. En el escenario el guitarrista Jacques Lesure y miembros del cuarteto en acción. 

Diez años después, sin embargo, el jazz parecía gozar de bastante buena salud aquella noche de lunes en el Lighthouse. Sobre el escenario se encontraba el guitarrista Jacques Lesure, figura habitual de las sesiones del club y, para mi sorpresa, uno de los músicos que aparecen tocando precisamente en la secuencia de La La Land. Tuve oportunidad de saludarlo y escucharlo después contar al público, con evidente sentido del humor, que diez años atrás una joven pareja blanca llamada Mia y Sebastian había llegado hasta aquel lugar. Sebastian, recordó Lesure con una sonrisa irónica, pretendía nada menos que “salvar” el jazz de Los Ángeles. Las risas no se hicieron esperar. Luego señaló el mismo escenario sobre el que se encontraba y recordó que allí había tocado la guitarra para la película de Chazelle, antes de invitar al público a volver a verla con motivo de su décimo aniversario. Por unos instantes tuve la extraña sensación de que las fronteras entre el cine y la realidad se habían vuelto bastante porosas: había llegado al Lighthouse siguiendo las huellas de una película y terminaba escuchando, en el mismo escenario, a uno de los músicos que diez años atrás había formado parte de ella.


El guitarrista Jacques Lesure y nuestro crítico a domicilio, Chava Chávez. Foto de Rebeca Acevedo.

La ironía de Lesure apunta, sin embargo, hacia uno de los aspectos de La La Land que quizá resultan más incómodos diez años después. Hay algo paradójico en que Sebastian, un joven blanco, se arrogue la misión de “salvar” el jazz, una de las grandes expresiones musicales creadas por la comunidad afroamericana. La película parece incluso concederle inicialmente cierta autoridad como custodio de una supuesta autenticidad del género, aunque introduce después un necesario contrapunto a través de Keith (John Legend), músico afroamericano que cuestiona abiertamente su purismo: si el jazz nació de la innovación y la improvisación, ¿cómo mantenerlo vivo negándose a cambiar? Sentado aquella noche en el Lighthouse, escuchando a Lesure y a los músicos dialogar, improvisar y reinventar la música sobre el escenario, pensé que acaso ellos mismos proporcionaban la mejor respuesta. El jazz no parecía necesitar que Sebastian viniera a salvarlo. Seguía allí, vivo, precisamente porque nunca había dejado de transformarse.


Emma Stone, John Legend y Ryan Gosling en el Lighthouse Café en La La Land (Damien Chazelle, 2016).

MUELLE DE HERMOSA BEACH

Al salir del Lighthouse basta caminar unos cuantos pasos para llegar al muelle de Hermosa Beach, donde Sebastian interpreta en solitario “City of Stars”. Quise llegar también a la “hora mágica”, cuando el sol comienza a hundirse sobre el Pacífico y la luz transforma por unos minutos el paisaje. En la película, Seb camina por el muelle mientras canta esa sencilla e íntima balada y se pregunta si finalmente ha encontrado en Mia aquello que llevaba tanto tiempo buscando. Hay ilusión en sus palabras, pero también incertidumbre: la posibilidad de amar siempre trae consigo el temor de no ser correspondido. Mientras caminaba por el mismo muelle al atardecer, pensé en una de las grandes virtudes del género musical: su capacidad para tomar los espacios más cotidianos y transformarlos, mediante la música y el movimiento, en lugares donde por unos instantes todo parece posible. Un muelle frente al Pacífico deja de ser solamente un muelle: se convierte en la ciudad de las estrellas.

A continuación, pueden ver el video oficial de “City of Stars”, en donde al principio Ryan Gosling camina sobre el muelle.

En ese sentido, La La Land pertenece conscientemente a una tradición que Chazelle conoce y ama: el género musical. En Singin’ in the Rain (1952), Gene Kelly convertía una calle inundada por la lluvia en el escenario de su felicidad; en An American in Paris (1951), Vincente Minnelli transformaba París en una fantasía construida mediante música, color y danza; y Jacques Demy hizo de las ciudades francesas de The Umbrellas of Cherbourg (1964) y The Young Girls of Rochefort (1967) espacios donde el amor, la música y la melancolía podían convivir. Chazelle recoge esa memoria del género, pero no intenta reproducirla como una pieza de museo: la lleva a las autopistas, los clubes, las colinas y los muelles de Los Ángeles contemporáneo. Y aquí aparece una última ironía: el director hace con el musical aquello que Keith le reprocha a Sebastian no querer hacer con el jazz. Lo mantiene vivo transformándolo.

Quizá por eso, al terminar la tarde, volví a pensar en aquella noche del Greek Theatre y en Justin Hurwitz levantando la batuta frente a la enorme orquesta. Diez años después, la música de La La Land seguía sonando; algunos de los músicos que participaron en la grabación original volvían a interpretarla ante una nueva audiencia; el jazz continuaba improvisándose sobre el escenario del Lighthouse; el Griffith seguía congregando a visitantes de todo el mundo para contemplar cómo se encienden las luces de la ciudad, y el Pacífico continuaba recibiendo al sol cada tarde frente al muelle de Hermosa Beach. Comprendí entonces que celebrar el aniversario de una película no consiste solamente en volver a verla, sino también en descubrir las huellas que ha dejado en nuestra manera de mirar los lugares, escuchar la música y recordar determinados momentos de nuestra propia vida, confirmando una vez más que, como suelo decir, “el cine es mejor que la vida”.

Para quien esto escribe, este viaje tuvo además un significado muy personal. He vivido ya más años en Los Ángeles que en México y, en algún momento difícil de precisar, esta ciudad inmensa, multiétnica, contradictoria y fascinante dejó de ser solamente el lugar donde vivía para convertirse también en mi ciudad. Sé perfectamente que Los Ángeles creada por Chazelle es una fantasía, una ciudad seleccionada, iluminada y transformada por la magia del cine; pero acaso todas las ciudades que amamos terminan siendo también un poco imaginarias, hechas de lugares, recuerdos, canciones y personas que se van acumulando con los años. Después de recorrer el Griffith, escuchar jazz en el Lighthouse y caminar al atardecer por el muelle de Hermosa Beach, comprendí que esta vez no había salido de mi domicilio simplemente para buscar las locaciones de una película. Había salido a reencontrarme, a través del cine, con mi propia ciudad.

Ya no sabría decir, con honestidad, dónde termina Los Ángeles y dónde empieza La La Land. Diez años después, camino por esta ciudad y ya no puedo distinguir si la reconozco o si simplemente la recuerdo.


Diez años después, La La Land vuelve a invitarnos a perdernos entre música, sueños y las luces de Los Ángeles. La película estará disponible por tiempo limitado en salas seleccionadas en formato Dolby, una buena oportunidad para volver a verla —o descubrirla por primera vez— en la pantalla grande. Y para entrar de nuevo en su mundo, aquí les dejamos el tráiler.

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