Miranda, Andy, Emily y Nigel regresan veinte años después con una historia honesta con su legado. Y de paso, el 2026 se perfila como el año del regreso al cine.
Entré a la sala de cine sin expectativas infladas, sin el entusiasmo de quien espera que la secuela supere al original. Entré como lo que soy: alguien que amó la primera película, que sabe perfectamente que esos momentos no se repiten, y que decidió darle el beneficio de la duda a Miranda Priestly una vez más.
Y la película no me decepcionó.
The Devil Wears Prada 2 no es mejor que la original. No tenía que serlo. Lo que sí es, y esto me importa más, es una película honesta con su propio legado. Una secuela que entendió que su trabajo no era superarse a sí misma sino cerrar un círculo con dignidad.
Pero lo que de verdad me enganchó fue ver a estos personajes veinte años después. Porque los personajes evolucionaron.
Miranda Priestly sigue siendo Miranda Priestly. Pero algo cambió. Hay una versión de ella más contenida, más consciente de que el mundo que construyó ya no le pertenece del todo. Las nuevas generaciones, con sus sensibilidades y sus nuevas reglas no escritas, la han ido arrinconando sin que ella lo admita en voz alta. Meryl Streep lo juega perfecto. No necesita gritar para que sientas su peso.
Andy regresó realizada en el periodismo. Encontró su camino, construyó su carrera, demostró que tenía razón en apostar por ella misma. Pero en cuanto Miranda aparece en escena, Andy vuelve a ser la misma chica intimidada del primer día. Y lo más curioso es que esa inseguridad ahora convive con una obsesión casi irracional por salvar a la mujer que alguna vez casi la destruye. Anne Hathaway lo maneja con una vulnerabilidad que se siente real.
Nigel. Por fin le dieron su lugar. En la primera película era el confidente brillante que siempre quedaba en segundo plano. Aquí Stanley Tucci tiene sus momentos y los aprovecha todos. Era lo justo.
Y luego está Emily.
Siempre dije que Emily era más villana que Miranda en la primera película. Miranda era cruel pero coherente. Emily era cruel sin razón, sin empatía, sin un gramo de solidaridad con Andy en los momentos más difíciles. En esta segunda parte, Emily muestra su verdadera intención: reemplazar a Miranda. Tomar su lugar. Convertirse en el nuevo estándar de Runway. Y lo hace con la convicción de quien no entiende que Miranda Priestly no se reemplaza. Se hereda el título, sí, pero no la magia. Eso Emily todavía no lo ha aprendido. Emily Blunt, por supuesto, se roba cada escena en la que aparece.

Seré honesto: esta segunda parte no va a dejar la huella que dejó la primera. No va a producir líneas que sigamos citando en reuniones de trabajo veinte años después. No va a generar referencias de cultura pop que todo el mundo entienda sin contexto. Esta secuela llegó para nosotros, los fans de la primera, los que necesitábamos saber qué pasó con Miranda, con Andy, con Nigel, con Emily. Para cerrar personajes entrañables y entender su camino. Y en eso, cumplió.
La película fue un éxito en taquilla mundial. La sala de cine estaba llena.
Y The Devil Wears Prada 2 no está sola en esto. El 2026 está dando señales muy serias de que el cine está de regreso.
Hace unas semanas fui a ver Michael, el biopic de Michael Jackson, y pasó lo mismo. Sala llena. Gente de todas las edades. El ritual colectivo del cine, que muchos dieron por muerto después de la pandemia y el auge del streaming, dando señales de vida muy serias.

Si The Devil Wears Prada 2 y Michael son indicadores de algo, 2026 puede ser el año en que regresemos de verdad a las salas de cine.











