Este verano, como cada cuatro años, mi atención se dirige hacia la Copa Mundial de futbol. He seguido con atención los juegos de mi país natal México, y otras grandes selecciones de países Europeos y Americanos. Siendo un seguidor del equipo de Barcelona FC, me gusta ver los Juegos de España y de Argentina, en donde juega Lionel Messi por su gran pasado barcelonés. Mi esposa también es una gran fan de los mundiales y asociando a Messi con un mito urbano me recomendó el tema de Asperger para Código Beta (aclarando que la supuesta asociación entre Lionel Messi y el síndrome de Asperger nunca ha sido confirmada por el propio jugador, su familia, especialistas médicos ni personas cercanas a él, por lo que se considera un rumor sin sustento público). Así que con la revisión de mi hija Andrea, experta profesional en Autismo, les presento aquí estimados Argonautas mi perspectiva de este tópico tan actual.
Hay millones de personas en el mundo que se identifican con un diagnóstico que, oficialmente, ya no existe. Se llaman a sí mismas “Aspies”, forman comunidades en línea, escriben libros, dan conferencias TED. Y sin embargo, si usted abre hoy el manual que los psiquiatras usan para diagnosticar —el DSM-5 de la Asociación Americana de Psiquiatría— no encontrará el Síndrome de Asperger por ninguna parte. Desapareció en 2013, absorbido por una categoría más amplia: el Trastorno del Espectro Autista (TEA).
¿Cómo puede un diagnóstico borrarse de los manuales pero seguir vivo en la cultura? La respuesta es una historia que mezcla ciencia, identidad y uno de los capítulos más oscuros de la medicina del siglo XX.
Primer acto: el nombre que la cultura no quiere soltar
Cuando la psiquiatra británica Lorna Wing introdujo el término “Síndrome de Asperger” en 1981, buscaba describir a personas con características autistas pero sin retraso en el lenguaje ni en el desarrollo cognitivo: individuos frecuentemente elocuentes, con intereses intensos y muy específicos —los trenes, los números primos, la taxonomía de los escarabajos— y con dificultades para descifrar las reglas no escritas de la interacción social. Ese sarcasmo que
todos captan al vuelo, esa mirada que dice más que las palabras, ese “leer entre líneas” que para la mayoría es automático, para ellos es un idioma extranjero.
El concepto fue un éxito cultural inmediato. Por primera vez, miles de personas que habían pasado la vida sintiéndose “de otro planeta” tenían un nombre para su experiencia. Y la cultura popular lo adoptó con entusiasmo: desde Sheldon Cooper hasta los detectives brillantes y socialmente torpes que pueblan las series de televisión, el arquetipo del “genio Asperger” se volvió omnipresente, para bien y para mal.

Segundo acto: el ecualizador, no el dial de volumen
Entonces, ¿por qué la ciencia retiró el nombre? La primera razón es técnica: los estudios demostraron que no había una frontera clara y consistente entre el Asperger y otras formas de autismo. Los clínicos no lograban ponerse de acuerdo: la misma persona podía recibir diagnósticos distintos según el consultorio que visitara. Cuando una categoría científica no puede aplicarse de manera confiable, deja de ser útil.
Aquí conviene desmontar el malentendido más común sobre la palabra “espectro”. Solemos imaginarlo como un dial de volumen: de “poco autista” a “muy autista”, como si existiera una sola perilla. Pero el espectro autista funciona más bien como un ecualizador de audio, esos paneles con múltiples barras deslizantes que ajustan graves, medios y agudos por separado. Cada persona autista tiene su propia configuración: una barra para la comunicación social, otra para la sensibilidad sensorial, otra para el lenguaje, otra para la intensidad de los intereses, otra para la necesidad de rutinas. Alguien puede tener el lenguaje “al máximo” y la tolerancia al ruido “al mínimo”. Otra persona, exactamente lo contrario.
Visto así, el Síndrome de Asperger nunca fue una entidad separada: era simplemente un nombre para ciertas configuraciones del ecualizador —típicamente, lenguaje fluido con desafíos sociales y sensoriales—. El DSM-5 reconoció esa realidad y unificó todo bajo el paraguas del TEA, con niveles de apoyo que describen cuánta ayuda necesita cada persona en cada dimensión, en lugar de encasillarla en una etiqueta rígida.

Tercer acto: el pediatra de Viena
La segunda razón para retirar el nombre es más incómoda. El síndrome honraba a Hans Asperger, un pediatra vienés que en los años cuarenta describió a niños con el perfil que luego llevaría su apellido. Durante décadas se contó una historia amable: la del médico que protegió a sus “pequeños profesores” de los nazis, destacando sus talentos para salvarlos.
En 2018, esa historia se derrumbó. El historiador médico Herwig Czech publicó en la revista Molecular Autism una investigación exhaustiva de archivos de la Viena de la época, documentando que Asperger cooperó con el régimen nacionalsocialista y que refirió a niños a la clínica Am Spiegelgrund, uno de los centros del programa de “eutanasia” infantil del Tercer Reich, donde cientos de menores considerados “no aptos” fueron asesinados. Asperger no fue un héroe de la resistencia: fue un engranaje funcional de una maquinaria atroz que clasificaba vidas humanas en valiosas y desechables.
La revelación aceleró algo que la ciencia ya había decidido por razones técnicas: el abandono del epónimo. Y dejó una lección que trasciende este caso. Los nombres científicos no son etiquetas neutras; cargan historia, y a veces esa historia contradice todo lo que la ciencia debería defender. La ironía es dolorosa: un diagnóstico que dio identidad y orgullo a millones de personas honraba a un hombre que participó en un sistema diseñado para eliminarlas.
La variación como norma
¿Dónde nos deja todo esto? En medio del cambio de paradigma más importante en la historia del autismo: el movimiento de la neurodiversidad. La idea, popularizada por el periodista Steve Silberman en su libro NeuroTribes (2015), propone que el autismo no es un defecto de fábrica que haya que reparar, sino una variación natural del cerebro humano, tan legítima como la zurdera o el daltonismo. Los cerebros autistas procesan el mundo de otra manera: a veces eso genera desafíos reales que merecen apoyo, y a veces produce capacidades extraordinarias de concentración, memoria y detección de patrones que han empujado la ciencia, el arte y la tecnología.
Bajo esta óptica, gran parte del sufrimiento asociado al autismo no proviene del cerebro diferente, sino del choque entre ese cerebro y un mundo diseñado exclusivamente para la mayoría neurotípica: oficinas ruidosas, códigos sociales implícitos, entrevistas de trabajo que premian el contacto visual sobre el talento.
La generación Z apoya la concientización del espectro autista, ya que han crecido en un entorno de hiperinformación y normalización. A diferencia de otras generaciones en las que el TEA era un tabú, un tema desconocido y que se diagnosticaba tarde. Más que compasiva la generación Z se ha solidarizado con personas que tienen el TEA, no pide permiso para ser neurodivergente, es su pilar de identidad política y social, reconoce que el mundo no ha sido diseñado para ellos y por ello lo cambiarán juntos. El meme siguiente los representa.

El Síndrome de Asperger ya no existe en los manuales. Pero las personas que se reconocieron en él siguen aquí, y su historia nos deja una pregunta que va mucho más allá de la psiquiatría: cuando alguien no encaja en el mundo, ¿el problema está en su cerebro… o en nuestra insistencia en que solo hay una forma correcta de tener uno?










